La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

*Biblioteca Virtual       *La Guerra en Fotos          *Museos       *Reliquias            *CONTACTO                              Por Mauricio Pelayo González

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Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

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13 de Febrero de 1880

 

CARTAS DEL MINISTRO PERUANO EN LA PAZ Y DEL GENERAL JUAN JOSÉ PÉREZ A PIÉROLA, EN LAS CUALES SE MANIFIESTA LA POCA ARMONÍA QUE EXISTE ENTRE LOS ALIADOS.

(Reservada.)

La Paz, Febrero 13 de 1880

Excmo. Señor doctor don Nicolás de Piérola.—Lima.

Muy apreciado señor y amigo:

Si no hubiese recibido en el correo que llegó aquí el 8 aviso de haberse recibido en el Ministerio mi correspondencia oficial del 28 de Diciembre y 3 de Enero próximo pasado, habría creí­do que se hubieran desviado o acaso caído en poder del ene­migo, con motivo del bloqueo de nuestros puertos del Sur y de los cruceros establecidos en el Norte; pero felizmente no ha sucedido nada y estoy contento de que mis oficios, y sin duda también mis cartas, hayan llegado a su poder.

Supongo que por el próximo correo de pasado mañana ten­dré el honor de recibir la primera carta de Ud.

Doy cuenta oficial sobre la política interna y externa de este país, así como lo hago en todos los correos, para que Ud., sepa a qué atenerse de esta nuestra bendita aliada. Una vez que pasado mañana llegue aquí el señor General Campero, hablaré con él y sabré lo que hable con otros de su intimidad, con quienes esto; en relación, para trasmitirle algo que no sean puras decepciones.

Entraré también en relación con su novicio Secretario General doctor Cabrera, que hasta ahora no me ha comunicado la inauguración de su Gobierno, y solo por insinuaciones mías con amigos me ha remitido la copia del oficio semi-carta de gabi­nete que dice ha dirigido a ese Gobierno, porque aguardaba que yo le oficiase con mis felicitaciones.

Le incluyo copia de una carta del Secretario privado del coronel Camacho, doctor Huachalla, al director de EL COMERCIO de aquí, don César Sevilla, que de la manera más reservada he podido tomar, porque me parece de suma importancia el que Ud. la conozca.

Esperando sus órdenes, quedo su afectísimo amigo y ser­vidor,

J. L. QUIÑONES

***

(COPIA.)

Tacna, Febrero 1° de 1880.

Señor don...

El conocimiento íntimo que tengo de las relaciones oficiales y privadas de nuestro Comandante en Jefe con el doctor Piéro­la y General Montero, me autorizan, de una manera evidente, para asegurarle que no son exactos sus temores sobre la rup­tura de la Alianza. Antes y después del 27 de Diciembre, y sin haber recibido la correspondencia que fue de aquí, y antes y después de la proclamación de Piérola, le ha escrito éste al coronel Camacho, en los términos más satisfactorios para la Alianza.

Estrecharla para llegar al éxito de la guerra y proclamar en seguida la confederación Perú-boliviana, es todo el pensamien­to, todo el ideal del enérgico Dictador del Perú.

No es otro el del General Montero.

Sueñan ambos, y esto que lo sé positivamente se lo comuni­co a Ud., en reserva para evitar conjeturas y suposiciones siem­pre ligeras, sueñan ambos con la presidencia del Estado confederal, para lo que el uno y el otro ambicionan la gloria de la guerra, porque a ella está vinculada su aspiración.

De aquí, que uno y otro nos prestan toda clase de deferencias. —Cierto es, que en lo general, y entre aliados particularmente, no existe esa armonía y fraternidad que debía ser tan natural como elocuente.

Viendo las cosas por este lado, parece, en efecto, que la Alianza ha concluido. El discurso del Dictador, publicado en los impresos que le remito, le probará que no me equivoco.

Hace pocos días que el General Montero, a una palabra del coronel Camacho, hizo un préstamo de 20.000 soles plata a nuestra caja. Teníamos ese día dos soles y nos habríamos visto perdidos sin el oportuno auxilio de aquél. Y esto en momentos en que también la comisaría de Arica estaba bien urgida.

Tampoco hay motivo para juzgar como una hostilidad el acantonamiento de nuestras tropas. Antes que Montero, lo proyectó el coronel Camacho.

 Indudablemente nuestros soldados están mejor en el campo que aquí, mientras los de Arica respiran, pues había tal aglo­merado de gente en ese pequeño pueblo, y tal escasez y tales epidemias, que el ejército se diezmaba. —Cierto es que estamos mal, pero no por el Perú, sino por Bolivia, que nos abandona, quien nos deja parecer, en tanto que la guerra civil y esa mise­rable y solapada ambición de todos contra todos, destroza el país.

Y por fin, cómo regresar hoy día, cuando el enemigo se aproxima por Norte y Sur.—Auténticas son las noticias que registra el número de hoy de EL BOLETÍN.—A ellos me refiero. —Daza en Arequipa despreciado hasta del último muchacho. Digna suerte del gualazcho.—Lo que aflige es la política in­terna. De perfecto acuerdo con Ud., muy pocas esperanzas ten­go; y eso porque me anima la fe del creyente, en la salvación interna del país, mientras el verdadero pueblo no se salve por sí mismo.—Eso no solamente aflige, mata el corazón.— Acepto su consejo, querido amigo, como que participo de sus propias ideas.—No me excuse sus cartas.—No tengo tiempo para más...

 

 

 

 

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