La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

     Condecoraciones

 

 

 

PARTE DE IGNACIO LUIS GANA

Arica, Julio 25 de 1879.

Paso a dar cuenta a V. S. del apresamiento del transporte Rímac por la corbeta peruana Unión y el monitor Huáscar, en la mañana del 23 del actual.

Cumpliendo la orden de V. S., el Rímac zarpó de Valparaíso para Antofagasta, sin escala, el 20 a las 12 M. Llevaba a su bordo el escuadrón Carabineros de Yungay, parte de la caballada y varios otros artículos para el ejército y armada.

Navegamos distante de la costa, según instrucciones de esa comandancia general, hasta el amanecer del 23 sin accidente de ninguna especie. La noche había sido oscura y de niebla, sin vista de tierra.

Al tomar la rada de nuestro destino, avistamos un humo de vapor a corta distancia, que supusimos fuera el Cochrane, pues que V. S. me había anticipado cruzaría este buque en esas aguas en espera del Rímac.

Un cuarto de hora después, y cuando ya empezaba a aclarar, se distinguieron las cofas blindadas de un buque de tres palos, circunstancia que reúne el Cochrane, y que no distinguiéndose bien el casco por la falta de luz y de la distancia, no había razón para desconfianzas, tanto más cuanto que V. S. decía en carta que no había temor de enemigos, pues así lo escribían de Antofagasta.

Dicho buque se dirigió al S. O. para reconocernos. Al darnos su costado, pues nosotros quedamos al norte, vimos que no era ninguno de nuestros blindados y era una corbeta enemiga, tal vez la Pilcomayo, por lo pequeña que se presentaba.

Apuramos la máquina a toda fuerza para tomar Antofagasta, navegando al este, o ganar la tierra en cualquiera parte, creyendo cortarla fuera de cañón. Por precaución se cargaron los cañones con grande entusiasmo, y la marinería se colocó en sus puestos de combate.

El buque enemigo varió rumbo sobre nosotros y empezó a avanzar con rapidez, y ya con mayor claridad reconocimos a la Unión.

En esos momentos se avistó otro humo, y en breve nos persuadimos que era el Huáscar, que nos salía al través con manifiesta intención de cruzarnos, dejándonos por la popa la Unión y por la proa él.

En el acto hicimos rumbo al N. O. con todo el poder de la máquina, para alejarnos del Huáscar y burlar a la Unión si la noche nos lo permitía, arrastrándolo hacia Iquique, punto fijado para nuestra recalada, y avisar a nuestra escuadra.

Pero a las 6.15 A. M. la Unión nos tenía bajo sus fuegos y nos hizo un disparo en blanco de intimación, enarbolando a la vez su bandera, contestando el Rímac con uno a bala, que no salvó ni la tercera parte de la distancia, pues V. S. sabe que la artillería lisa de a 32 de estos transportes tienen un alcance máximo de 900 yardas, inferior al fusil en uso.

Desde ese momento se vio que no había más defensa que el buen andar, y que ofrecer el costado del transporte al enemigo era perder el camino para disparar con unos cañones a esa distancia.

La Unión continuó sus fuegos sobre el Rímac con su artillería gruesa, y notando que la caza podía ser larga, los prosiguió con su cazador de proa.

Nuestra máquina funcionaba con el mayor poder posible, expuesta a romperse, tal era la orden dada al ingeniero, pues que forzando también la Unión, esperábamos tuviese algún accidente en la suya. Pero el enemigo seguía cerrando la distancia y aumentando la rapidez de sus disparos, que sobrepasaban al Rímac a gran distancia.

El número total de cañonazos de la Unión, según cuenta de un sargento que se ocupó en tarjarlos, ascendió a 52.

El Huáscar se había perdido de vista y su último rumbo pareció sobre Antofagasta.

El Rímac fue gobernado procurando hacer describir círculos prolongados a la Unión, y éstos se variaron hasta quedar con rumbo al sur, consiguiendo con ello que la Unión, con la mar de proa, cabecease y sus tiros fuesen inciertos y su andar menos despejado.

El andar del Rímac, según el primer ingeniero, en esa posición permaneció en 13 millas.

A las 8.45 A. M., viendo que el enemigo ganaba siempre sobre nuestra marcha, nos reunimos en consejo pedido por el infrascrito. Aparte del que firma, asistieron el señor comandante don Manuel Bulnes, el señor mayor don Wenceslao Bulnes, el capitán del Rímac y otros señores oficiales.

Se propusieron las cuestiones siguientes: 1ª, qué temperamento se tomaría si la Unión llegaba a cerrar la caza presentándonos sus baterías de costado; y 2ª, si el buque tomaría más arranque aligerándolo de los caballos y demás pesos de cubierta, puesto que abrir las escotillas era inutilizar los cañones, circunstancia imperdonable ante las peripecias de un combate.

A la 1ª, se resolvió correr con todo riesgo de máquina y recibir los tiros del enemigo hasta el momento en que se perdiese toda esperanza de salvación.

A la 2ª, después de una deliberación tranquila sobre la posibilidad de legar al costado de la Unión para abordarla, pues habría sido la única agresión eficaz, con el mayor personal que poseíamos sobre ella, se reconoció que era materialmente imposible, vista las poderosas baterías de la Unión compuestas de 12 cañones de a 70 y otros accesorios; sus ametralladoras y la fragilidad de los costados del Rímac con su máquina descubierta, que no fue posible defenderla con sacos de carbón a causa de la numerosa caballada que llevaba en sus pesebreras en los lados de los cilindros, y lo que es más, a causa de la mayor agilidad de la corbeta enemiga sobre el transporte, que no lo habría recibido sino con sus baterías.

En cuanto a aligerar el buque, se desechó la idea, atendida la buena estiba en que estaba y la circunstancia de que los caballos habrían ido a chocar contra la hélice, rompiéndola tal vez o imposibilitando la marcha rápida que llevaba el buque.

Se acordó arrojar el armamento al agua y las municiones y cuanto pudiera servir al enemigo sobre cubierta.

El fuego proseguía poco certero, aunque el casco recibía de cuando en cuando algunas granadas, que rompiendo las cámaras lanzaban astillas.

A las 9 A. M. se volvió a avistar el Huáscar al sur con dirección a cortar nuestro rumbo. Había llegado la Unión a tan corta distancia, que un movimiento en el timón le daría grande entrada y había posibilidad de dejar por la banda al Huáscar.

A las 1015 A. M. nos interceptaba éste la carrera y rompía el fuego sobre el costado de babor, mientras que la Unión, que había acortado la distancia a 600 metros próximamente, nos lo hacía sobre estribor con mucho acierto. Cortada la retirada y estrechado por la popa el Rímac, el conflicto había llegado a su término, después de cuatro horas de caza y de estar bajo el fuego de granadas.

Ordené al capitán hiciera romper las válvulas del vapor, arrojar la correspondencia, el armamento y las municiones al agua, y a la vez hice alistar bandera de parlamento.

Un instante después fue izada, y el fuego cesó en el acto. La bandera de Chile no fue arriada y el buque fue entregado bajo parlamento.

Un bote de la Unión llegó a bordo, y entre varios jefes se creyó una deslealtad, impropia de las leyes de la guerra, hundir el buque mientras se izaba bandera de paz incondicional, y se suspendió la orden.

Esta medida, tomada en la desesperación de la impotencia, habría traído la muerte cierta de 350 hombres, puesto que no habiendo en el buque embarcaciones para salvar con la mar de ese día cien hombres, éstos mismos embarcados no habrían sido recogidos prisioneros de guerra y la catástrofe habría sido brutal, puesto que a 25 millas de la costa, frente al morro de Jara, los oficiales y tropas del ejército, única llamada por la ley a embarcarse con preferencia, no habría llegado a surgidero.

Desgracias a bordo ha habido siete: un muerto y seis heridos, todos soldados del escuadrón, los cuales se curan por una ambulancia.

El número de proyectiles recibidos en su casco por el vapor llegó a diez, seis más que la Covadonga en Iquique.

Tal ha sido este día funesto para las operaciones de nuestra guerra, en que hubo que entregar un transporte importantísimo al enemigo, aunque por el medio más honroso marcado por las leyes militares, y que se conservó impasible mientras se abrigó una leve esperanza de salvarlo.

El honor de las armas de Chile se ha salvado incólume. Cada uno ha cumplido en particular con el desesperante deber de recibir inerme, sin poder rechazarla, la agresión de dos naves poderosas.

Los señores jefes del Huáscar y de la Unión han manifestado sus respetos al que suscribe por la impasible tenacidad de la resistencia del Rímac al momento de ser prisionero, y de tratar a mis compañeros de desgracia con toda consideración y humanidad.

Ello ha sido cumplido con una elevación tal, que honra al presidente del Perú, a sus subalternos y al pueblo de Arica, que nos vio desembarcar a las 2 P. M. sin la más leve demostración de júbilo ni de enojo.

La tropa se halla en un cuartel, los marineros repartidos en varias partes. Los oficiales han sido alojados en el cuartel de la guardia de honor. A petición de los señores oficiales de este cuerpo, y los jefes, hemos sido detenidos en casas particulares, cuyos moradores se empeñan con sus atenciones por aliviar nuestra mala fortuna.

Antes de terminar expondré a V. S. que la conciencia de cuantos habíamos a bordo está tranquila. Se ha hecho lo mejor en tan odioso trance.

Dios guarde a V. S.

IGNACIO LUIS GANA

Al señor Comandante General de Marina.

***

PARTE DEL CAPITÁN PEDRO LAUTRUP DEL VIAJE VALPARAÍSO-ANTOFAGASTA DEL VAPOR RÍMAC

El domingo 20 del corriente, a las 12.20 P.M., zarpó el Rímac de Valparaíso con rumbo al punto de su destino, esto es, a Antofagasta.

El andar durante el primer día fue de 9 millas por hora y a 30 millas de tierra; las restantes mucho menos rápidas, por lo que en vez de entrar el martes por la noche a Antofagasta, creí más conveniente hacerlo el miércoles a primera hora.

El temor de encontrar un buque enemigo a la boca del puerto a esa hora y lo que era bastante peligroso, me obligó a tal medida.

El miércoles 23, a las 6.10 A.M. y estando a 18 millas al suroeste de Antofagasta, distinguí por la amura de estribor y a ocho millas de distancia un buque que tomé al principio por uno de los blindados que venía a franquearnos la entrada.

A pesar de esto hice darle el mayor andar al buque; y muy luego, cuando estábamos a cuatro millas, reconocí que era un buque enemigo, la Pilcomayo al parecer, lo que no me preocupó mucho, porque dicha nave tiene un andar inferior al nuestro.

Inmediatamente me dirigí adonde el capitán de fragata señor Ignacio L. Gana, le manifesté que, según mi respectivo contrato, desde el instante en que se avistaba un buque enemigo, debía entregarle el mando del buque a él, que era el designado para su mando; pero sin embargo de esto, continuamos dirigiendo ambos el buque y de común acuerdo.

Al principio hicimos rumbo noroeste, después al oeste y finalmente al sur.

El mayor andar del Rímac, por lo muy cargado que se encontraba, no pasó jamás de diez y media a once millas.

El buque enemigo, que reconocimos después ser la Unión, avanzaba rápidamente sobre nosotros, a pesar de los redoblados esfuerzos que hicimos para alejarnos y escapar.

Para fatalidad nuestra, a las 8 distinguimos por el noroeste un buque que venía rápidamente a cortarnos el camino, y que reconocido, resultó ser el Huáscar.

Casi desde el principio de la fuga, la Unión nos hizo descargas de artillería.

Los disparos pasaron de cuarenta y tantos, y todos ellos en muy buena dirección.

Veníamos ya tan cerca que las balas pasaban por delante de la proa y algunas cayeron en el buque, causando algunos daños y sacando de combate cinco soldados del escuadrón Carabineros de Yungay, de los que uno murió y cuatro quedaron heridos.

Viendo la situación tan difícil por que atravesaba el buque, el teniente coronel señor don Manuel Bulnes, jefe del cuerpo ya citado, llamó a su camarote al comandante Ignacio L. Gana y al que suscribe y nos dijo qué resolución pensábamos tomar.

A la vez nos manifestó que su deber era sucumbir defendiendo el honor y pabellón de su patria y pedía que se colocara al Rímac al costado de la Unión para abordarla con su gente, que ardía en iguales sentimientos, lo mismo que los demás jefes y oficiales subalternos.

Como le dijésemos que aquello era imposible, porque antes de que llegara el Rímac al costado lo echaría la corbeta a pique, el teniente coronel Bulnes y sus subordinados tuvieron que resignarse con una situación expectante y de mortificación para ellos, que a todo trance querían combatir. Exigió el comandante Bulnes se abrieran dos válvulas de la máquina para echar el vapor a pique; pero se le dijo que los jefes del buque se encargarían de ello a última hora, cuando no hubiera escape.

El mismo señor Bulnes pidió se arrojara al mar la caballada, tanto para aligerar el buque cuanto para que no la aprovechasen los enemigos; pero se le dijo que respecto a lo primero, no podía influir su peso, y respecto a lo último, era expuesto, porque podría enredarse alguno de ellos en la hélice y aún podíamos todavía salvar. Esto, agregado al compromiso que el comandante militar había contraído de hacer echar el vapor a pique a última hora, lo hizo desistir por este momento.

Esto fue imposible, porque a las diez del día el Huáscar nos hizo un tiro de 300 y se nos atravesó por la proa, lo que obligó al comandante Gana, representante a bordo del gobierno y de la marina, a enarbolar la bandera blanca de parlamento, e hicimos rumbo enseguida a dicha nave. En este momento el comandante Bulnes, viendo que él y su tropa no tenían papel que desempeñar y que su rol era ya el de simples pasajeros, hizo que sus soldados tirasen sus armas al mar, negándose a rendirlas.

Momentos después el comandante Grau nos hizo llevar a bordo de su buque a varios de los oficiales; mandó a sus jefes y oficiales que tomasen el mando del Rímac, y varios de nuestros compañeros fueron llevados a bordo de la Unión, de la que también vinieron botes a bordo.

Creo de mi deber manifestar que los jefes y oficiales, lo mismo que los soldados del escuadrón de Carabineros de Yungay que comanda el teniente coronel Bulnes, observaron una conducta patriótica, digna y elevada en los momentos del conflicto. Asimismo, no puedo menos que recomendar la noble y generosa conducta observada por el estimable y digno comandante Grau y su oficialidad.

Es cuanto puedo comunicar sobre el desgraciado incidente a que me refiero.

P. LAUTRUP, Capitán del Rímac.

***

Parte oficial del teniente coronel don Manuel Bulnes, jefe de los Carabineros de Yungay, referente a la captura del “Rímac

Tarma, Agosto 14 de 1879

Señor Ministro:

No me había sido posible antes de ahora dar a V. S. cuenta de los diversos incidentes que dieron por resultado la cap­tura del trasporte Rímac, que traía a su bordo el escuadrón de mi mando. Hoy me es dado cumplir con este deber, y la relación que voy a hacer de los hechos, desnuda de todo co­mentario, espero ha de ser suficiente para que V. S. y el Su­premo Gobierno formen un juicio cabal sobre este desgraciado acontecimiento.

Sabe V. S. que el 16 próximo pasado Julio se sirvió V. S. impartirme, por conducto del señor Comandante en Jefe, del ejército de Reserva, de quien entonces dependía, la orden de trasladarme con el cuerpo de mi mando a Valparaíso por el tren nocturno del siguiente día, para ahí embarcarnos con des­tino a Antofagasta.

Esa disposición de V. S. sufrió posteriormente una modifica­ción, en virtud de la cual la partida se fijó para el 18.

Ese día, a las 10.30 P. M., partirnos de Santiago y llegamos sin accidente alguno a Valparaíso, a las 6.30. A. M., en la ma­ñana siguiente.

El señor Comandante General de Marina dispuso ahí nos embarcáramos en el trasporte Rímac, y que ese embarque tu­viera lugar en el acto, para zarpar a las 3. P. M. de ese mismo día.

Así se, hizo; cuando nos alistábamos para marchar se comu­nicó de Antofagasta la noticia de que la escuadra del Perú, na­vegaba en las aguas del Norte de ese puerto y muy inmediato a él. Me dirigí entonces donde el señor Comandante General para informarme de lo que hubiere de verdad y para cumplir con mi deber, que me ordenaba representar el peligro que envolve­ría para el país lanzar en esas condiciones un cuerpo de caba­llería que, indefenso en el orar, tendría que ser víctima, en un encuentro con naves de guerra. Convino el señor Comandante General en que habría en ello una grave imprudencia, y ordenó que la partida se suspendiera hasta que de Antofagasta, adon­de se dirigió en ese momento mismo por telégrafo, le anunciara el señor Santa María, Ministro de Relaciones Exteriores, si era posible emprender sin peligro la navegación.

Un telegrama del señor Ministro, contestación al anterior y que llegó como dos o tres horas después, reconocía la necesidad de demorar la partida. Quedamos, pues, en el puerto hasta el siguiente día, 20 de Julio, en que el señor Comandante General de Marina me comunicó, por medio de una atenta esquela, que la partida estaba fijada para las 12 M.; que se le anuncia­ba de Antofagasta que no había temor de un mal encuentro

En consecuencia de esa disposición, a las 12.20 P. M. nos hicimos a la mar, trayendo el Rímac todo el escuadrón y una parte de su caballada, viniendo el resto de ésta en el Paquete de Maule.

Navegamos en convoy con este buque unas pocas millas, se­parándonos pronto por haber tomado el Paquete su rumbo cerca de la costa, y haciéndose el Rímac mar afuera, medida a la que el capitán de fragata graduado don Ignacio Luis Gana, comandante militar del trasporte, nos aseguró estaba obligado por las instrucciones que de la Comandancia General había re­cibido.

Los dial 20 y 21 navegamos sin novedad. Reinaba entre los marinos el temor de que las naves del Perú, cuya situación se anunciara el día anterior, llevaran sus reconocimientos por las aguas que recorríamos; pero ese temor se desvanecía recordando el tranquilizador telegrama del señor Ministro de Relacio­nes Exteriores, y con la consideración de que si peligro hubiera, el Loa, surto en la bahía de Valparaíso, sería despachado para alcanzarnos, o se tomaría otra medida que salvara al trasporte. Posteriormente hemos sabido que, en efecto, el mismo día 20, dos horas después de nuestra, partida., el Huáscar y la Unión se presentaron en Caldera y poco más tarde en Huasco y Carrizal: por desgracia, no tuvimos de ello aviso.

El 22 continuamos nuestra navegación, pero con la circuns­tancia notable, para los que no somos hombres de mar, de ha­ber el trasporte disminuido la fuerza de su máquina hasta alcanzar un andar de cuatro a cinco millas por hora solamente durante la mayor parte del día y toda, la noche.

Interrogado sobre ello, por el que suscribe, el capitán don Pedro Lautrup, que representaba la Compañía Sud-Americana de Vapores y dirigía el buque, y exigiéndole al mismo tiempo aumentara, su andar para entrar en esa misma tarde al puerto de nuestro destino (lo que a la altura a que nos hallábamos era perfectamente fácil y hacedero), se excusó con sus instrucciones, con las dificultades del fondeadero y con la costumbre que en el puerto se observaba de hacer salir afuera, los trasportes durante la noche, lo que hacía inútil mayor prisa.

No tenía el que esto escribe, como V. S. sabe, autoridad al­guna a bordo; no conocía el personal de empleados, sobre todo de maquinistas, y no sabía cuáles eran los términos del con­trato celebrado entre el Supremo Gobierno y la Compañía Sud-Americana de Vapores para la conducción de cuerpos de tropas. Interrogado el comandante Gana, representante del Go­bierno, me informó de que ninguna atribución nos era conce­dida durante la navegación; que ello era de facultad exclusiva de la Compañía Sud-Americana, y del capitán que la represen­taba; y por fin, que solo en caso de ataque y siniestro, de guerra le correspondía a él dar órdenes y tomar el mando.

El respeto y acatamiento que debo a las disposiciones y órde­nes del Gobierno Supremo de mi patria, me hicieron entonces desistir de mis gestiones, aceptar con la tropa que mandaba el carácter de simples pasajeros a bordo y resignarnos con una situación que no estaba en nuestra mano evitar ni mejorar, limitándome a tomar nota de la promesa que el capitán me hiciera de que al amanecer del siguiente día entraríamos en el puerto.

Amaneció el 23, y se nos presentó por el lado de tierra un buque de guerra, que los marinos no reconocieron al principio y que cerraba el paso al trasporte. Llamado el comandante Gana para asumir el mando, como sus instrucciones le ordena­ba, nos insinuó su convicción de que era el blindado Cochrane de nuestra armada, por la circunstancia de tener sus cofas blin­dadas la nave que teníamos a la vista, y sobre todo por haberle, asegurado el señor Comandante General de Marina, al despa­charle de Valparaíso, que a esa altura debíamos encontrar a ese blindado para proteger nuestra llegada.

Lógica nos parecía esa medida., y tanto más la habríamos en­contrado, si nos hubiera sido dado en esos momentos saber, como después hemos sabido, leyendo en los diarios un telegra­ma dirigido ese mismo día a S. E. el Presidente de la República, y firmado por el señor Ministro Santa María, en que le anun­ciaba que el Rímac no llegaba, y que en la mañana habían divisado a los buques Huáscar y Unión en la boca del puerto.

La confianza, de creer que era el Cochrane el que teníamos a la vista, por las razones que antes señalo, influyó tal vez en el ánimo de nuestros marinos para no tomar inmediatamente providencias que pudieran salvarnos. No me atrevo a asegu­rarlo así a V. S. por mi desconocimiento completo de la cien­cia de la navegación y de las situaciones respectivas de los buques, pero es el juicio que de ese incidente pude formar. Convencidos, por fin, de que no era el blindado sino un bu­que de la armada peruana; vista por nuestros marinos la im­posibilidad absoluta de resistencia, se lanzaron mar a fuera, dando a la máquina del trasporte toda su fuerza. Por un extraño y fatal error, al mismo tiempo que la marinería sostenía que éramos perseguidos por la Unión, los jefes del trasporte aseguraban que era la cañonera Pilcomayo y que nada debía­mos temer, por ser de menos andar que el Rímac.

La Unión, que ella era, nos tuvo muy pronto al alcance de su artillería, y presentando su batería nos disparó sus grandes cañones, que en ese momento no nos hicieron mal. Visto, no obstante, por su comandante que al su costado per­día terreno y lo ganaba el trasporte, renunció a esa idea, y si­guiendo nuestras aguas, dio a su máquina todo su andar, y continuó sus fuegos por medio de un cañón que en su proa tenía.

El Rímac disparó también un tiro, pero la pésima calidad de sus piezas y de sus artilleros hizo que la bala cayera a pocos metros más allá de la primera ola inmediata al vapor.

Hasta este recurso, aunque ridículo, nos fue negado, porque para escapar presentábamos únicamente la popa de nuestro buque, parte adonde no teníamos cañones.

En esas circunstancias apareció a nuestra vista, navegando en demanda del Rímac, otro buque, que se reconoció era el Huáscar. Se trató de escapar este nuevo peligro, siguiendo el rumbo a fuera; los fuegos de la Unión continuaban mientras tanto sin interrupción, y siempre a tiro de su artillería, sus proyectiles alcanzaban más allá de nuestra proa.

Colocados en tan desesperante situación, y deseos de salvar ante todo el honor de las armas, se resolvió unánimemente el sacrificio. Quiso el comandante Gana ponerse de acuerdo con el que suscribe sobre las medidas que tomarse debieran; pero el carácter de simple pasajero que allí investía y mi falta de conocimientos en asuntos de mar, me hicieron declinar esa responsabilidad en los de la profesión. Exigí únicamente, tanto de él como del capitán Lautrup, que ya que de las maniobras marítimas no se podía esperar, a mi juicio, gran resultado, se dirigiera el trasporte sobre la Unión hasta colocarnos al costa­do de ella, y se confiara al sable de los soldados del Escuadrón Carabineros de Yungay el honor del país y el crédito de sus armas. Por ambos se rechazó tal medida como imposible de realizar, fundados en que el andar superior de la Unión evitaría en todo caso su encuentro, y que aprovechando la superioridad de marcha, su maniobra sería correr en línea paralela a la nues­tra, y favorecida por los grandes cañones de sus costarlos, echar­nos a pique en muy poco tiempo y antes de llegar a ella; que el iniciar ese movimiento sería bastante para inutilizarnos ya por completo, mientras que todavía nos quedaban esperanzas de escapar.

Exigió entonces el infrascrito se dieran las órdenes necesa­rias para echar los caballos al agua, y evitar, por ese medio, que cayeran en poder del enemigo. Se contestó esta exigencia por el jefe de marina antes citado y por el capitán Lautrup, que hasta el último momento continuó prestando sus servicios y trabajan­do por la salvación común, que esa medida presentaba muy graves inconvenientes, entre los cuales señalaban de preferen­cia el de que, arrastrados esos animales por el torbellino que las aguas forman alrededor de un vapor en marcha, irían a dar a la hélice del, buque y paralizaría nuestros movimientos por comple­to, arrancándonos así la única esperanza que de salvación nos quedaba. A ello agregaban que, obligados a hacer funcionar la máquina de vapor necesaria para suspender los caballos y lan­zarlos al mar, disminuirían la marcha del trasporte y seríamos pronto alcanzados. 

Debí, como V. S. comprende, ceder ante la fuerza de esas razones que encontré fundadas, y que me eran dadas y aseguradas por las únicas personas facultativas con que a bordo con­tábamos.

En esa disyuntiva, creí de mi deber manifestar al comandante Gana mi resolución de proceder a esa medida en un rato más, si las circunstancias no variaban, aun a riesgo de sufrir todas las malas consecuencias que se me indicaban. Me observó entonces este jefe que su deber le mandaba tomar hasta el últi­mo instante todas las medidas que salvarnos pudieran, y con­cluyó arrastrando con el que suscribe el compromiso de que, una vez convencido que la pérdida era irremediable, haría romper las válvulas del buque y buscaría el mar como tumba para el transporte, sus tripulantes y pasajeros.

Aceptado en el acto ese ofrecimiento, no pensó ya el infras­crito en buscar la salvación ni la pérdida de caballos ni de armas, desde que todo debía perecer en un momento dado, y ninguna necesidad obligaba a anticipar ese instante.

Seguimos navegando en las mismas condiciones: recibiendo siempre los disparos de la Unión, sin poder siquiera contestar con nuestras carabinas por estar la nave enemiga fuera del al­cance de ellas. Debimos resignarnos con esa situación, forzando el Rímac su máquina para escapar, y apurando el Huáscar y la Unión las suyas para darle caza.

No es de mi competencia dar a V. S. cuenta de las manio­bras realizadas por el trasporte. Desconozco por completo todo lo que a la navegación se refiere, y cualquier opinión que aquí estampara sería, en consecuencia, aventurada y sujeta a error. Por lo demás, el comandante Gana habrá puesto ya en conocimiento del Supremo Gobierno todo lo ocurrido.

Llegó, por fin, un momento, 10.15 A. TM., en que los buques del Perú pudieron encerrar al Rímac, de tal manera, que mientras la Unión venía sobre la popa, el Huáscar se nos ponía por la proa, cerrando el paso y disparando un tiro con sus cañones de a 300. El comandante Gana, viéndose irremediablemente perdido e imposible la salvación, enarboló la bandera blanca de parlamento; y notando el que suscribe que el buque no se hun­día, conforme a lo antes convenido, ordenó que el armamento del escuadrón y la pequeña correspondencia que ahí venía, fueron arrojados al mar, como en efecto se hizo, no pudiendo hacer lo mismo con la caballada, por falta de tiempo y por la lealtad que las leyes de la guerra civilizada imponen en esos momentos. El comandante Gana expuso haber dado la orden de romper las válvulas del Buque, pero los maquinistas, de nacionalidad inglesa no se apresuraron, como comprenderá V. S. fácilmente, cumplir una decisión que les arrebataba la vida en nombre de una causa y de sentimientos que para ellos deben ser indi­ferentes.

El resultado, señor Ministro, es que en obsequio al honor del país y de sus armas, el cuerpo de mi mando ha sufrido durante cuatro horas y media el fuego de artillería, y que, impo­tente para ofender a su enemigo, se sacrificaron fríamente en nombre de ese gran deber. No le era dado siquiera, sucumbir con gloria, y aceptaba con entera resignación perecer ahogado.

El Rímac en esos momentos había recibido los balazos y el escuadrón tenía siete hombres fuera de combate. De ellos mu­rió uno en esos momentos, el soldado Avelino Urzúa, y es pro­bable hayan sufrido otros la misma suerte, a juzgar por su esta­do de gravedad, a pesar de que a nuestra llegada a Arica, dos días después, fueron llevados a las ambulancias establecidas en aquel puerto.

He cumplido, señor Ministro, mi propósito, haciendo a V. S. una detallada y simple relación de los hechos. El Supremo Go­bierno y el país deducirán las consecuencias a que esa fiel y ve­rídica relación se preste.

Reducidos hoy a la condición de prisioneros de guerra, per­dida nuestras expectativas de servir al país en la medida de nuestro patriotismo, nos queda siempre la de que, si una fatalidad que no estaba en nuestra mano dominar nos coloca en esta situación, nuestro sacrificio no será estéril para la patria, y que tomado en consideración por nuestros compa­triotas y por V. S., harán la justicia de reconocer que, aunque, hemos sabido cumplir nuestros deberes de chile­nos y de soldados.

Por lo demás, aunque internados en este punto, el trata­miento que hemos recibido es el que corresponde a la nación peruana y a la civilización que alcanza. La marina apresadora ha sabido mostrarse a una altura de sentimientos que hace alto honor a su país, revelando en sus atenciones y delicada comportacion, que ejercía, no solo un deber de enemigo noble y generoso, sino un acto de verdadera fraternidad. El ejército ha sabido imitar ese representado por los jefes de esta guarnición y especialmente por el teniente coronel don Manuel Fernando Villavicencio, que nos ha conducido aquí, guardando las atenciones que al caballero y al soldado merecen siempre el infortunio de sus compañeros, de cualesquiera nacionalidad que sean.

Antes de concluir, séame también permitido manifestar igual agradecimiento al Prefecto de este departamento, coronel don Manuel R. Santamaría, que, inspirándose en los mismos sentimientos, ha tratado de endulzar la suerte de sus prisione­ros, y concedido la libertad en la población a los jefes, bajo palabra de honor, y autorizando a éstos al mismo tiempo a llevar consigo a sus demás compañeros y subalternos.

Adjunta, encontrará V. S. una relación clasificada y nominal de los jefes, oficiales  y paisanos que aquí se encuentran. En cuanto a la tropa del escuadrón, se dispuso quedara en Arica, y hasta este momento ignoramos adonde haya sido des­tinada.

Dios guarde a V. S.

MANUEL BULNES.

Al señor Ministro de Estado en el departamento de Guerra de la República de Chile.

***

Relación clasificada y nominal de los jefes, oficiales y demás personas que en esta ciudad se encuentran.

ESCUADRÓN CARABINEROS DE YUNGAY

Teniente Coronel don Manuel Bulnes.

Sargento Mayor don Wenceslao Bulnes.

Capitanes Ayudantes: Don Guillermo Troup, don Belisario Campo y don Roberto Bell.

Id. graduado id. don José Ricardo Canales.

Teniente don Alejandro Guzmán.

Alféreces: don Daniel José Hermosilla, don José del C. Jimé­nez, don Manuel Fornes, don Carlos Larraín, don Tristán Stephan y don Ramón Luis Ortúzar.

Porta-estandarte don Aníbal Godoy

Sargentos: don Enrique Valdés y don Fernando Pesse.

Cabo 1° don Enrique Fornes.

Deben agregarse a estos, tres ordenanzas, cabo 1° uno de ellos y dos soldados.

MARINA

Capitán de fragata graduado don Ignacio Luis Gana,

Contador de 1ª clase don Javier Angulo.

Cirujano de 2° id. don Carlos Vargas.

INFANTERIA

Subteniente del 2° de Línea don Guillermo Chaparro.

Id. del Batallón Bulnes don Ildefonso Álamos,

REGIMIENTO DE GRANADEROS A CABALLO.

Teniente don Federico Yávar.

MARINA MERCANTE

Contador del Rímac don Justo Guzmán.

Pasajero don José Tomás García.

Tarma, Agosto 14 de 1879.

MANUEL BULNES

***

PARTES OFICIALES PERUANOS

PARTE DEL COMANDANTE NICOLÁS F. PORTAL

Comandancia de la corbeta “Unión.”—En la mar, Julio 23 de 1879.

Señor capitán de fragata mayor de órdenes de la se­gunda división naval.—Señor M.: En cumplimiento de mí deber, tengo el honor de elevar el presente, que es la relación circunstanciada de todos los acontecimientos re­lativos a la captura del vapor de guerra chileno Rímac, armado con cuatro cañones de a 32, verificada el día de la fecha por el buque de mi mando; para que por el digno órgano de V. S. sea expuesto al señor comandante general de la división.

A las 5 h. 30 m. A. M. navegábamos a la altura de Monte Jara con un andar medio de ocho millas, mar llana y brisa floja de S. S. O.: la luz crepuscular permitía un horizonte completamente despejado. Media hora después de la mencionada, el vigía acusó una ligera humareda al N. E., se gobernó sobre ella dando más andar y se tardó poco tiempo para reconocer la presencia de un vapor que gobernaba al Norte y que no era de nuestro convoy; esta circunstancia y el cambio de su proa al N. O., inspiró la sospecha de ser enemigo; y en tal virtud se mandó acele­rar el movimiento de la máquina y seguir en su demanda para darle caza, evitando oportunamente su manifiesta intención de dirigirse a la costa.

A las 7 h. 10 m., encontrándose la tripulación en sus puestos de combate y estando a distancia de cuatro mil quinientos metros del buque, se hizo un disparo con pól­vora, izando al mismo tiempo el pabellón nacional al pico de mesana; el vapor que trataba de alargar su distancia con toda la fuerza de su máquina, contestó con un disparo a bala sin izar su pabellón: izó una bandera pequeña al peñol de estribor de la verga de velacho, cuyos colores no pudieron distinguirse por haberla arriado pocos minutos después.          

A las 7 h. 15 m., desviado el rumbo convenientemente, se hicieron cuatro disparos con los cañones de a 70 de ba­bor de la división de proa; pero temeroso de que el buque pudiera, evadirse por su gran velocidad y cambio sucesivo de rumbos, se continuó la caza directa, usando solamente el cañoncito “Whitworth” de a 9 colocado sobre el castillo de proa.

A las 8 h. 40 m. se avistó el Huáscar por la aleta de estribor, que avanzaba a toda fuerza de máquina; una hora después hizo un disparo sobre el enemigo que fue muy corto en razón de encontrarse a distancia de 7.000 metros apreciados por el micrómetro.

Nuestra distancia al enemigo se acortaba considerable­mente, en términos que podía notarse la confusión que existía a bordo y percibirse claramente las especies que arrojaban al agua, consistentes en cajones cerrados y armas

A las 9 h. 50 m. solo estábamos separados por 1.100 metros de distancia; el cañoncito de proa hacía entonces sus mejores punterías, logrando darle al blanco cuatro ti­ros consecutivos; diez minutos después el vapor que no había izado pabellón, izaba a su tope de trinquete una bandera blanca, y al mismo tiempo todos los soldados se despojaban de sus armas arrojándolas al agua. Desde ese instante cesaron nuestros fuegos. Momentos después el vapor detuvo su marcha y el buque de mi mando ejecutó la misma operación, gobernando convenientemente para quedar por su costado de estribor.

De orden del señor comandante general se arriaron tres embarcaciones, una de ellas pasó inmediatamente a bordo del vapor a cargo del ayudante de la comandancia general, el que regresó, manifestando que el buque enemigo se ren­día a discreción; volvió a destacarse la embarcación y re­gresó conduciendo al señor capitán de fragata don Ignacio L. Gana, comandante del vapor, y al primer piloto don John Stuck; el jefe mencionado, recibido por mí en el portalón, me manifestó cortésmente que se entregaba rendido a la corbeta Unión.

En estas circunstancias el Huáscar, que había avanzado hasta quedar a poca distancia del buque rendido, envió sus embarcaciones, llegando éstas a bordo al mismo tiempo que las nuestras que fueron destacadas con oficiales, gente ar­mada y maquinistas para tomar posesión efectiva del ba­que, desarmar una pieza de la máquina y tomar el remolque que se alistaba en la corbeta; estas disposiciones no se cumplieron en su totalidad, porque las embarcaciones del Huáscar llevaron órdenes de otro género, dadas por el jefe superior. Quedó, pues, sin objeto la orden sobre el remol­que y desarme de la pieza de máquina. Posteriormente se mandó a bordo al cirujano y practicante de medicina para que auxiliaran a los heridos que habían ocasionado nues­tros proyectiles.

El señor comandante general pasó a bordo del Huáscar y a su regreso ordenó el trasbordo al buque apresado, de dos oficiales, que fueron el teniente 1° graduado don José Barloque, teniente 2° graduado don Juan M. Hontaneda; dos aspirantes, don Oliverio Sáez y don Tomás Lama; un 2° maquinista, don Alfred Ravis; un 3° don Johantham Pim; un teniente de guardia nacional, don Manuel Pejo­vés, 6 fogoneros, 10 marineros y 10 individuos de tropa.

Verificado el canje de tripulación y equipajes, quedan a bordo, en resumen, los prisioneros siguientes: capitán de fragata don Ignacio L. Gana, contador del lord Cochrane don Javier Angulo, contador del Rímac don Justo P. Guzmán, primer piloto don John Stuck y 52 entre gente de mar y soldados.

Durante la caza se hicieron 54 disparos, siendo 4 con bombas de percusión de 70 y el resto con balas de a 9.

He querido reservar, para finalizar el presente oficio, la ofrenda que los jefes, oficiales y tripulantes de esta corbeta hacen al Excmo. señor general director de la guerra, consistente en un pabellón, que es el que debió tremolar el vapor Rímac y que fue tomado de la driza en que es­taba envergado a popa de dicho buque: queda a disposición del señor comandante general, para que por su digno órgano se ponga en manos del benemérito señor general Prado el primer estandarte tomado al enemigo.

Dios guarde a V. S.—(Firmado.)—

NICOLÁS F. PORTAL.

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COMANDANCIA GENERAL DE LA SEGUNDA DIVISIÓN NAVAL.

A bordo de la “Unión,” al ancla.--Arica, Julio 25 de 1879.

Excmo. Señor general Director de la guerra.

Benemérito señor general:

Los jefes, oficiales y equipaje de la corbeta Unión, per­tenecientes a la división que me honro de mandar, pone­mos a disposición de V. E. el pabellón chileno que acom­paño, y que fue quitado de la driza de popa del trasporte de guerra chileno Rímac de cinco cañones, al tomar posesión de dicho buque a nombre del Perú, por los oficiales que comisioné al efecto, inmediatamente después de ren­dirse a la Unión el Rímac, a las 10 h. A. M. del 23 del ac­tual, en la altura de Morro Jara.

Dígnese V. E. aceptar con tan solemne motivo las con­gratulaciones que como a acertado Director de la guerra le dirige la dotación de este buque.

Dios guarde a V. E.—(Firmado.)—

AURELIO GARCÍA Y GARCÍA

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PARTE DEL COMANDANTE DEL HUÁSCAR MIGUEL GRAU

Comandancia General de la 1ª División Naval.

A bordo del Huáscar al ancla, Arica, julio 25 de 1879.

Excmo. Señor General Director de la guerra:

Excelentísimo señor: En armonía con las instrucciones y órdenes que recibiera de V. E. para buscar y hostilizar al enemigo en las costas del sur, junto con la corbeta Unión y al mando de ambos buques, tengo el honor de elevar al conocimiento de V. E. el presente parte sobre el resultado de mi comisión.

El 17 del corriente a las 3 h. A. M. zarpamos del puerto, después de haber convenido con el jefe de la segunda división naval, capitán de navío don Aurelio García y García, los mejores medios para llenar nuestro cometido. Navegamos bien retirados de la costa a una distancia tal, para que no pudiéramos ser vistos por los enemigos.

A las 12 h. M. pasamos por frente de Pisagua y a las 5 h. P. M. por Iquique.

A las 9 h. A. M. del día 18 reconocimos al norte de Mejillones de Bolivia un buque de vela que resultó ser la barca inglesa Lady Vore de Vore, que cuatro días antes había zarpado de dicho puerto con un cargamento de guano con destino a Liverpool. De este buque obtuve algunos datos acerca de los transportes enemigos. Continuamos en demanda del puerto de Antofagasta, y al encontrarnos a ocho o diez millas de la punta de Tetas, se avistó un vapor hacia la cuadra de babor, que llevaba un rumbo opuesto al convoy. Inmediatamente ordené que la Unión fuese a reconocerlo, mientras yo hacía lo mismo pegándome a la costa. Como el vapor se asemejara al buque enemigo Abtao activé la persecución, y a las 5 h. P. M. entré en puerto de Mejillones, siguiendo sus aguas, y resultó ser la cañonera Hugon de la marina de guerra francesa, que venía en viaje de Coquimbo. Nuestro inevitable arribo al puerto ya indicado, frustró el primitivo plan, porque supuse, y con fundamento, que de allí se comunicara por tierra a Antofagasta nuestra llegada, como pasó en otra ocasión. Por tal motivo desistí de mi propósito, y resolví continuar mi viaje a la costa de Chile.

En las primeras horas del día 19, y a veintitantas millas de tierra, encontramos varios buques mercantes de vela. Mientras yo reconocía a algunos de ellos, ordené que hiciera lo mismo la Unión con el que tenía más próximo. Del examen efectuado por la corbeta, resultó que el buque era la fragata Adelaida Rojas cargada con carbón chileno y que enarbolaba indebidamente la bandera nicaragüense, y se le despachó al Callao, para que fuese juzgada por el tribunal respectivo, con dotación de la misma corbeta.

En la mañana del 20 y frente a Chañaral, se capturó por la Unión el bergantín E. Sancy Jack, cargado de cobre y en las mismas condiciones del anterior buque, por lo que se le despachó al Callao con igual objeto. Como en estos momentos salía de Chañaral con destino a Caldera el vapor inglés Santa Rosa mientras yo reconocía el puerto ordené a la Unión que continuara inmediatamente su marcha al referido puerto para llegar antes que el vapor y ver si se podía capturar algún transporte enemigo. Una vez en el puerto, notifiqué al jefe militar de la plaza, que iba a proceder a la destrucción de las lanchas haciéndole responsable de las represalias que pudiera tomar, en caso de que se me hostilizara, así se hizo con todas ellas, sin que se opusiera la menor resistencia.

A las 2 h. P. M. zarpé con rumbo a Caldera y a las 5 h. P. M. encontré en la boca del puerto la Unión. Media hora después penetré en la bahía, siguiendo poco después mis aguas la corbeta, sin que ninguno de los fuertes o baterías nos hiciera fuego, sin embargo, de habernos colocado a su alcance. Después de tres horas, esto es, a las 8 h. 30 m. P. M. zarpé de Caldera con rumbo al sur, sin que hubiéramos encontrado en este puerto ningún buque enemigo.

En la mañana del 21 entré en Huasco y como en Chañaral, destruí todas las lanchas, mientras igual operación practicaba en Carrizal. Bajo la Unión. A las cinco de la tarde entré también en este último puerto para salir media hora después de haberlo reconocido. Al día siguiente volví por segunda vez a Chañaral, y saqué a remolque la barca nicaragüense Adriana Lucía, cargada de cobre, y que por encontrarse en condiciones análogas a las anteriores, fue remitida al Callao al mando y cuidado de un oficial, dos guardiamarinas y ocho marineros de este buque. La corbeta entró en la misma tarde al puerto Pan de Azúcar, y rompió todas las lanchas que allí existían. El resto del día pasó sin que ocurriera ninguna novedad importante, hasta las 8 h. P. M. que encontramos un vapor que reconocido, resultó ser el Chala de la compañía inglesa de vapores, que había salido de Antofagasta con destino a Caldera el día anterior. Nos comunicó que se encontraba en dicho puerto el transporte chileno Itata, en el que había llegado últimamente de Valparaíso una comisión compuesta de varios jefes del ejército y presidida por el Ministro de Estado Domingo Santa María. En la tarde se le dio el “rendez vous” al comandante García y García para que se amaneciera con la Unión, de 20 a 25 millas de Antofagasta para operar ambos sobre este puerto. A las 6 h. A. M. del 23, pocas millas al sur del puerto ya nombrado, descubrí en el horizonte, hacia el norte, dos humos e inmediatamente ordené se diera todo el andar al buque, pues suponía que alguna nave perseguía a la corbeta, o que ésta daba caza a un transporte. Una hora después pude ver que se efectuaba lo último, y goberné a cortarle la retirada al transporte. La corbeta, merced a su rápido andar y hábil manejo, acortaba la distancia visiblemente. El buque enemigo que al principio huía al N. O., encontrábase acosado en su fuga por los nuestros, que estrechaban la distancia instante por instante. La Unión, le hacía al mismo tiempo algunos cañonazos con las piezas de menor calibre. A las 10 h. 15 m. A. M. encontrábase el Huáscar a tiro de cañón, y disparó por vía de intimación, una de las piezas de 300, cuyo proyectil pasó por sobre la proa del transporte. Preparábame a hacerle un segundo tiro, cuando el Rímac enarboló en su palo trinquete la bandera blanca: estaba rendido. Inmediatamente llegué a su costado y mandé botes con oficiales, soldados y tripulantes, para recibir el buque, nombrando al mismo tiempo como comandante provisorio de dicho transporte al capitán de fragata graduado don Manuel Melitón Carvajal. A su bordo venía de transporte el escuadrón "Carabineros de Yungay", fuerte de 258 plazas, inclusive 15 individuos entre jefes y oficiales. Este cuerpo viene al mando del teniente coronel Bulnes. En el Rímac han venido también 215 caballos, una gran cantidad de carbón, armamento, proyectiles y otros artículos importantes de guerra; cuyo inventario se está actualmente haciendo, y que remitiré oportunamente a V. E. El rol de los prisioneros tomados en el Rímac es el que tengo la honra de adjuntar a V. E. La caza duró cerca de 4 horas, y a consecuencia de los disparos de la Unión, murió un soldado y salieron cuatro heridos, todos ellos del escuadrón Carabineros de Yungay. Se ordenó también que de a bordo de la Unión pasasen al transporte otros oficiales y tripulantes. Asimismo varios de los prisioneros fueron trasbordados a este buque y a la Unión. Entre los prisioneros se encuentran el teniente coronel don Manuel Bulnes, el sargento mayor don Wenceslao Bulnes, el capitán del buque don Pedro Lautrup y otros varios. El capitán de fragata don Ignacio Luis Gana, con otros pasó a la Unión. En el curto del viaje hasta este puerto, en el que he fondeado hoy a las 9 h. 30 m. A. M. no ha ocurrido nada importante. Al concluir me permito el honor de felicitar a V. E. y al país por el triunfo moral obtenido sobre el enemigo, arrebatándole, en noble lid, uno de sus más importantes transportes, como asimismo, uno de los mejores cuerpos que componen su ejército.

Todo lo que tengo el honor de poner en conocimiento de V. E. a fin de que se digne conceder su aprobación a los procedimientos de que doy cuenta.

Tan luego como remita su parte el comandante García y García, tendré el honor de remitirlo a V. E.

Dios guarde a V. E.

MIGUEL GRAU

***

PARTE ADJUNTO

Monitor Huáscar. Relación de los señores jefes, oficiales y tripulación del vapor transporte chileno Rimac que vienen a bordo del expresado.

Teniente coronel Manuel Bulnes; sargento mayor Wenceslao Bulnes; alférez Ramón L. Ortúzar; pasajero José T. García; capitán Pedro Lautrup; 2º piloto Richard Hampke; 3º id., Francisco Williams; mayordomo Tiburcio Escobar; marineros primeros Pablo Benítez; id., Ricardo Pino; id., José del C. Rodríguez; id. Leocadio Reynoso; marineros segundos José Toro; id. Rafael González; id. Narciso Bástides; id. Nicanor Fuenzalida; id. Antonio Alvarado; id. Valentín Moscoso; id. Juan Taila; id. Eduardo Lira; id. Francisco Jara; id. Pedro Cruz; winchero Agustín Arellano; id. Manuel Escobar; id. Juan B. Castro; muchacho Vitalicio González; cabo 1º, Nicanor María; soldado Nicolás Muñoz.

Al ancla, Arica, julio 25 de 1879.

Por el oficial del detall.- José M. Rodríguez.

MIGUEL GRAU

Relación de los prisioneros que se encuentran a bordo del Rímac.

Primer mayordomo Alejandro Halpin, id. cocinero Charles Braun, 2º id. John Rymer, 3º id. Ventura Earcanas, Donque Palleto Díaz, panadero Charles Price, carnicero Enrique Megs, equipaje James Campbell, id. Roberto Wete, id. William Criffiths, id. Francisco Otero, id. George Smith, id. Luis Laiser, id. Eduardo King, 1er. contramaestre José Díaz, 2º id. James Cooper, lamparero William Brarren.

Al ancla, Arica, julio 25 de 1879.

Por el oficial de detall.- José M. Rodríguez V° B°

MIGUEL GRAU

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PARTE DEL COMANDANTE AURELIO GARCÍA Y GARCÍA

 

Comandancia de la 2ª  División naval.—A bordo de la “Unión,” al ancla.— Arica, Julio 25 de 1879.

 

Benemérito señor General Director de la Guerra:

Conforme a las instrucciones recibidas de V. E,, el 16 del actual me puse de acuerdo con el capitán de navío don Miguel Grau a fin de concertar el plan de operaciones que estábamos encargados de realizar con la corbeta Unión de la división de mi mando y monitor Huáscar, de la del pri­mero.

Zarpamos de este puerto alas 3 h. 30 m. del 17, siguiera de ambos buques la derrota, ya fijada y navegando el Huás­car más al Sur.

Me limitaré en el presente oficio a poner en conocimien­to de V. E. los hechos ocurridos exclusivamente en el bu­que o en combinación con el Huáscar.

Ningún acontecimiento extraordinario tuvo lugar en el curso del día y noche de salida. Amaneció el 18 teniendo a la vista, los elevados cerros de la península de Mejillones de Bolivia y ambos buques gobernando francos de la pun­ta de Tetas. A la 1 h. P. M. se descubrió humo por el N., y muy luego hizo el Huáscar la señal “reconocer el buque avistado:” nos pusimos en demanda, y a medida que nos aproximábamos se notaba que era, un buque de guerra. Es­te, que navegaba también al Norte, principió a encaminar su derrota a la bahía de Mejillones, donde lo seguirnos en son de combate, haciendo al Huáscar la señal “el buque avistado parece enemigo”. Una vez que estuvimos a mitad de tiro, ordené afianzar el pabellón, acto que fue contesta­do por el vapor que seguíamos enarbolando el francés, que era su nacionalidad, comprobada con la visita que hizo a su bordo mi ayudante el teniente La Torre Bueno. Al que en estos momentos penetraba al fondea­dero, di el aviso de “ser neutral el buque perseguido.”

En la tarde se anunció un vapor al Norte y reconocido por el Huáscar resultó ser el ordinario de la línea Britá­nica.

Permanecimos ambos buques en la boca de la bahía aguantándonos sobre la máquina hasta las 7 h. 45 m. P. M., que seguimos derrota para el Sur.

Con la primera luz del 19 distinguimos frente al puer­to de Antofagasta cuatro buques a la vela: el Huáscar se dirigió a reconocer los dos más próximos y la Unión él más lejano. Este era la fragata Adelaida Rojas con mil sete­cientas toneladas de carbón a su bordo, procedente de Co­ronel con destino a Antofagasta; buque y cargamento de propiedad chilena; y la bandera de Nicaragua que tremolaba ilegalmente adquirida, según los documentos que me ilegalmente presentados. Ordené su captura y poniéndole la dotación correspondiente fue despachado en el acto al Ca­llao para su juzgamiento a cargo del teniente 2° don Ra­mos S. Carrión. Durante la tarde y noche seguimos al Sur.

En la mañana del 20 ya frente a Chañaral avistamos una vela por el O., le dimos caza y se reconoció al bergantín Saucy Jack cargado de mineral de cobre en viaje de Tal-tal al puerto antes nombrado; buque y cargamento eran de propiedad chilena; y como el anterior, de uso ilegítimo el pabellón de Nicaragua a que se acogía. Apresado que fue y dotado del equipaje debido, lo despaché para el Ca­llao, a cargo del teniente 2° don Julio Jiménez.

El Huáscar había penetrado a la bahía de Chañaral; y la Unión siguió para el puerto de Caldera en donde de­bíamos esperarlo. A las 2 h. P. M. penetrábamos a Caldera y aguantándonos sobre la máquina atravesados entre las dos puntitas inferiores, presentábamos el costado de babor a la ciudad. Por todas las calles se distinguía el movi­miento agitado de los pobladores y en los tres fuertes gran número de soldados que además se hallaban diseminados en las puntitas salientes ocultos tras de las piedras. En el puerto había tres buques de vela y el vapor Santa Rosa; las embarcaciones menores no se veían a flote, lo que me hizo suponer que sabiendo nuestra aproximados fueron varadas. De parte de tierra no se hizo el menor acto de provocados, llevando su benignidad hasta no enarbolar pabellón en el vigía, fuertes, faro, muelle, adua­na y demás lugares oficiales donde es de uso ordinario, con especialidad en los techos. Antes de oscurecer salimos en busca del Huáscar, al que encontramos un poco al Nor­te: reunidos regresamos a Caldera y penetrando al fondea­dero permanecimos hasta las nueve de la noche.

Aprovechando en el clic de la presencia del vapor Santa Rosa, hice preguntar a su capitán si no tendría inconve­niente en recibir a los marineros que había tomado en los buques apresados; su contestación fue de aceptación en cuanto a los chilenos, pero pidiendo el abono del pasaje de los de otras nacionalidades. Remití a su bordo a las once chilenos que había y retuve a los extranjeros.

En la mañana del 21 nos dirigimos al puerto de Carri­zal, siguiendo el Huáscar, al de Huasco. Fondeamos en el primero a las 6 h. 30 m. A. M. e inmediatamente mandé al teniente 2° La Torre Bueno a notificar a la autoridad local íbamos a destruir todas las lanchas del puerto, previnién­dole además que la menor agresión a nuestra gente traería represalias rigurosas. La contestación de aquel funcionario fue la más humilde, sumisión a lo dispuesto. Diecisiete lanchas que se hallaban a flote fueron inutilizadas e incendiadas por nuestros botes destacados al efecto. Tres buques ingleses y uno guatemalteco se hallaban en la bahía.

En el último dejé para su desembarco en tierra el resto de marineros extranjeros de los buques apresados.

A la salida del puerto en la tarde, nos reunimos nueva­mente con el Huáscar y ambos seguimos, al Norte durante la noche.

El 22 muy de mañana reconocimos al vapor británico Colombia que se dirigía a Caldera, encontrándonos nosotros frente a Chañaral, a cuyo puerto entramos a las 9 h. 50 m. A. M. en unión del Huáscar: éste reconoció uno de los tres buques sumos en la bahía y nosotros otro de ellos que tenia buenos sus papeles.

Como el Huáscar debía demorar algún tiempo para despachar el buque, que resultó sospechoso, salimos con la Unión a visitar el próximo puerto de Pan de Azúcar. Adoptando igual procedimiento a lo observado en Carrizal y con idéntico resultado, ordené destruir y quemar las cinco lanchas que encontramos en el fondeadero.

Aquí como en Carrizal no se veía una sola bandera chilena.

Habiendo acordado con el Huáscar juntarnos al amane­cer del día siguiente a veinte millas de Antofagasta, en­trando simultáneamente a este puerto el primero por el Norte y la Unión por el Sur, navegamos durante la noche para proceder de conformidad con ese plan.

En las primeras horas del 23, se hallaba la Unión en el punto convenido frente al Morro de Jara, y apenas prin­cipió el horizonte a despejarse cuando avistamos hacia el N. E. un vapor que navegaba en demanda de Antofagasta. Ordené en el acto reconocerlo, y al aproximarnos a su cos­tado, se izó nuestra bandera con el ceremonial de orde­nanza. El buque avistado respondió con un disparo a bala que ningún daño nos causó; eran entonces las 7 h. 10 m. A. M. y desde tal instante principiamos la caza más im­portante que nos era dable perseguir. El Huáscar no se descubría en el horizonte.

El vapor que se halla a distancia de 4.500 metros, puso proa al N. y después al N. O. y dando su mayor andar em­prendió la fuga mas precipitada. Ordené entonces hacer primero fuego con los cuatro cañones de proa a babor, que solo tuvieron puntería para el tiro cargado de cada uno, y siguiendo sus aguas para alcanzarlo, dar a la máquina su máxima velocidad.

El buque perseguido iba sin bandera alguna y nos ganaba notablemente distancia en los primeros minutos; pero funcionando nuestra máquina ya con más aceleración, después de un cuarto de hora la distancia principió a acortarse visible pero lentamente. Rondando su rumbo grado a gra­do, había recorrido el buque, enemigo de N. O. al O. en que gobernaba a las  h. A. M. a distancia ya de 1.600 metros.

Mandé entonces a fin de no perder un punto en la caza, que el cañón pequeño de desembarco colocado sobre el cas­tillo de proa, hiciera fuego en esa dirección, que era sobre la popa del enemigo.

Tomó cargo de esta pieza el mayor de órdenes de la división, capitán de fragata don Gregorio Pérez, que dirigía las punterías.

A las 8 h. A. M. gobernábamos al O. S. O. y mediaba entre los buques la distancia de 1.000 metros y el cañón de castillo continuaba sus disparos, que iban haciéndose cada vez más certeros.

A las 9 h. el rumbo era S. O. y hablamos acortado la distancia a 900 metros y varios tiros del cañoncito de caza habían tocado al enemigo; a esta misma hora se avistó por el S. E. humo en el horizonte, que media hora después se reconoció ser el Huáscar, el mismo que poco después hizo un tiro que cayó próximamente a 1.500 metros de nuestro costado.

Eran las 10 h. A. M., nos separaba apenas del buque a que dábamos caza una distancia de 600 metros, cuando éste, que no habla cesado de recibir nuestros disparos, izó en el tope de trinquete bandera blanca y paró su máquina. Ordené suspender los fuegos y pegándome prudencialmente a su costado con la batería de babor sobre él, despaché al teniente 2° don Felipe La Torre Bueno a tomar posesión del buque a nombre del Perú y remitirme a bordo al comandante y pabellón de él. Esta comisión fue desempe­ñada con notable prontitud y en breves instantes se halla­ban a bordo de la Unión la bandera chilena que estaba amarrada en la driza de popa y el capitán de fragata don Ignacio L. Gana del buque apresado, que lo es el trasporte de guerra chileno Rímac de cinco cañones, conduciendo a su bordo al escuadrón Carabineros de Yungay fuerte de 245 plazas, al mando del comandante don Manuel Bulnes, segundo sargento mayor don Wenceslao Bulnes y trece ofi­ciales. Se encuentran además a bordo varios pasajeros militares, 215 caballos, pertrechos, municiones, carbón y gran cantidad de aprestos militares y provisiones, cuyo pormenor consta del manifiesto que existe a bordo del vapor. El Rímac, que recibió siete balazos, tuvo un muerto y dos heridos de tropa.

El Huáscar, que se aproximó en el intermedio en que ambos buques Rímac y Unión perdíamos al parar las má­quinas la gran velocidad con que veníamos navegando, mandó luego sus embarcaciones, conduciendo tropa, ma­rineros y oficiales para dotar el buque, coordinando entre ambos la proporción en que esta gente debía remitirse de nuestros buques para asegurar el vapor apresado; así fue éste dotado convenientemente, distribuyéndose los prisio­neros de su antigua tripulados a bordo de uno y otro.

Ya listos, emprendimos viaje a este puerto los tres buques en convoy y en él acabamos de fondear sin la menor novedad.

Inútil creo, Excmo. Señor, agregar una palabra más a la relación desnuda y sencilla de los sucesos; hay hechos que no necesitan comentarios, y las únicas palabras que en estos momentos me será permitido consignar, son de la más marcada recomendación a los jefes, oficiales y tri­pulantes de la Unión, cuya inteligencia, entusiasmo y jamás desmentida decisión son ya conocidos.

Adjunto encontrará V. E. el parte que he recibido del comandante de la Unión, capitán de navío don Nicolás F. Portal.

Que los resultados de esta corta expedición correspondan de algún modo a las aspiraciones nacionales y a los fines que V. E. persigue en la dirección gloriosa de la campaña, son los deseos que a todos nos animan.

Dios guarde a V. E., Excmo. Señor. —(Firmado). —

AURELIO GARCÍA Y GARCÍA.

 

 

 

 

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