La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

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PARTE DE SEVERINO ZAPATA

 

PREFECTURA DEL DEPARTAMENTO DE COBIJA.

Ascotán, Marzo 25 de 1879

Al señor Prefecto del departamento de Potosí.

Señor:

Ignoro si al recibo del presente oficio haya llegado a sus manos mi nota de 22 del corriente, fechada en Calama, y en la que impartía a usted los íntimos acontecimientos acaecidos en aquella localidad, con ocasión de la rendición que mandaron proponer los jefes invasores de nuestro territorio de la plaza de Calama, deposición y entrega de armas, declarando en su defecto tomarla a sangre y fuego.

En efecto;—el domingo 23 al rayar la aurora se presentaron 1.500 hombres armados de rifles, con once piezas de cañón de montaña, tres ametralladoras y muchas bombas.

A. las  7 A. M., nuestra avanzada se batía con la enemiga logrando rechazarla tres veces y desalojarla de sus posiciones.

Una hora después todo el grueso de la tropa chilena atacaba por cinco partes distintas, logrando nuestros valientes contenerlos y tomarles muchos rifles que sirvieron para castigar a sus propios dueños. Por último replegaron sus fuerzas en solo tres puntos, atacando por el vado de Juana Guaita, frente a Topater y alto del mismo nombre.

Aquí, señor Prefecto, tuvo lugar una serie de hechos heroicos en los que un puñado de valientes en número de 50 ciudadanos e igual número de tropa, con 30 rifles, 50 fusi­les y 20 escopetas, fueron los que escarmentaron a los pi­ratas de América.

Desgraciadamente, después de dos horas de combate, se agotaron nuestras municiones y con el último cartucho que­mado tuvimos que  dejar el campo al enemigo. Cortados en nuestra retirada a la costa en pleno desierto y sin recurso de ningún género, avanzamos sobre, Chiu-Chiu, población situada a siete leguas de Calama, continuando nuestra retirada al interior.

Es indudable, señor Prefecto, que, contando con cien ri­fles, no nos habría sido difícil conservar aquella plaza importante que era necesario defenderla palmo a palmo, como se verificó en la memorable jornada del 23, que mar­cará una época en los fastos de Bolivia, encargándose la historia de recoger los nombres de los pocos pero valientes ciudadanos.

Dígnese, señor Prefecto, poner al corriente de éste su­ceso a los habitantes de esa capital y trascribir a quienes corresponde, aceptando usted las consideraciones de apre­cio con que me repito de usted atento servidor.

SEVERINO ZAPATA.

***

PARTE DE LADISLAO CABRERA

JEFE DE LAS FUERZAS DE CARACOLES Y ATACAMA.
CUARTEL GENERAL EN MARCHA.

Señor

Canchas Blancas, Marzo 27 de 1879

Después de mis oficios de 16 y 25 del corriente, cumple a mi deber dar parte al Supremo Jefe del Estado, por con­ducto del señor Ministro de la Guerra, del combate que en la mañana del 23 tuvo lugar en Calama, entre el ejército de Chile en número de 1.400 a 1.500 hombres, y los pocos ciudadanos que defendían la integridad del territorio nacio­nal; combate que dio por resultado la ocupación de aque­lla importante plaza por las fuerzas de Chile.

Hecha la intimarían de fecha 16, por un parlamentario ad hoc de las fuerzas enemigas situadas en Caracoles, y firmado el protocolo en que consta la contestación que aquél recibió, debía esperarse que si no ese día, al siguiente cuando más, sería asaltada la plaza.

El tiempo que el ejército enemigo empleó en bajar a las márgenes opuestas del río Loa que nos dividía, lo utilicé en preparar mis pocos pero valerosos compañeros cuyo ardimiento por el próximo combate aumentaba a medida que eran interminables las columnas enemigas que baja­ban al llano.

En homenaje a la justicia y en honra a los bolivianos declaro, sector Ministro, que en esos solemnes momentos no vi palidecer a ninguno de los que se hallaban en el campamento. Mas parecía que se preparaban a un festín que a un terrible combate en que iban a correr torrentes de sangre.

Si alguien hubiera preferido la idea de la retirada a la vista de la superioridad numérica tan excesiva, habría sido despedazado.

Los 135 defensores de la plaza, que muy luego talvez iban a convertirse en mártires de su patriotismo y de su abnegación, esperaban mis últimas órdenes, con impaciencia febril.

Para mejor compresión debe tenerse presente que el río Loa en el paralelo de nuestro campamento tiene el nombre de Yalquincha, de Topater en el lugar del puente de este nombre, y de Carbajal en el lugar del otro puente. Ambos  mandé destruir días antes. De Yalquincha a Carbajal hay más de tres millas de distancia. Se comunican por senderos angostos que es preciso conocer para recorrer le un punto a otro. Cualquiera desviación es un gran inconveniente para todo movimiento rápido.

A las 8 A. M., más o menos, el ejército enemigo y a distancia como de tres millas de nuestras posesiones, se situó a unas colinas que se hallan sobre el canino de Caracoles desde allí desprendió algunas columnas ligeras que, avan­zaron sobre el río que nos separaba, siendo, al parecer, su principal punto de ataque el puente de Topater.

Me dirijo al coronel Fidel Lara y le ordeno que baje inmediatamente. Mí orden es contestada por entusiastas vítores a Bolivia, al Presidente de la República, que jamás olvidaré. Yo también bajo al mismo lugar a señalar su puesto a la valiente columna que mandara el coronel Lara. Llevé también con esa columna doce rifleros montados, al mando de  su segundo Jefe don Eduardo Abaroa. El resto de este cuerpo lo dejé de reserva para acudir al lugar que fuese necesario.

Otro de los puntos amenazados fue el puente de Carbajal en cuya dirección bajó una de las columnas enemigas. Era preciso atender allí. Separé de la fuerza del coronel Lara quince hombres de tropa, cinco oficiales armados de rifles y cuatro de los rifleros de los cuatro de que hago mención, y al mando del teniente coronel Emilio Delgadillo los condujo a defender un vado del Loa llamado de la Huaita un poco al Norte del puente Carbajal. Cuando llegué a este último puto, ya veinticinco o treinta hombres de a caballo de las fuerzas enemigas, habían pasado dicho vado y colocándose en unas murallas de adobe. Entre estas murallas y un pilón de pasto seco que nos ocultaba y dividía, no había sino la distancia de diez metros a lo más. Pude colocar convenientemente a los veinticuatro hombres que llevé con el teniente coronel Delgadillo, los cuales rompieron el fuego con tal certeza que quedaron nueve cadáveres en los pri­meros tiros, los sobrevivientes repasaron el vado en preci­pitada fuga y algunos de éstos quedaron en las aguas del río. Fue allí que se tomaron diez rifles, una espada y un caballo.

Reiterando mis órdenes de defensa de aquel vado al teniente coronel Delgadillo, vuelvo al escape al puente de Topater donde se sentía el fuego más nutrido que puede concebirse.

Al aproximarme a este puente notó que el ejército ene­migo había formado un semi-círculo desde las cercanías de Yalquincha al lado opuesto de nuestras posesiones hasta el vado detenido por el teniente coronel Delgadillo.

Ordeno que el resto del cuerpo de rifleros entre en com­bate hacia Yalquincha a donde se veían desprenderse enor­mes masas de tropa.

El señor Prefecto del departamento, coronel Severino Zapata, que comprendió la inmensidad del peligro, antici­pándose a mi pensamiento ya había desprendido ocho rifleros en la dirección amenazada y se hallaba en momentos de mandar el resto al punto atacado cuando llegue allí.

Entró, pues, en combate el total de los 135 hombres de que disponía.

Ocho de los primeros doce rifleros que coloqué en Topater habían pasado el río hacia el campo enemigo sobre una viga de madera al mando del segundo jefe don Eduardo Abaroa, así como el tercer jefe don Juan Patiño y el oficial Saturnino Burgos, por un vado del río al Norte de Topater.

Con esta combinación de defensa quedaron rechazados los numerosos enemigos en todos sus puntos de ataque por más de tres y cuatro veces.

Cuando se veía dar media vuelta hasta los tiradores de a caballo y refugiarse de nuestras balas en las colinas del camino a Caracoles de que he hablado antes, me hacía una ilusión de creer que el patriotismo y el valor de mis compañeros se sobrepondría a todas las ventajas del nú­mero y de las armas de precisión.

Desgraciadamente todo rechazo atraía mayor número de enemigos, y como era tenaz la resistencia, fue redoblado cada nuevo ataque. Columnas cerradas venían en protección de las rechazadas.

Empieza a oírse el ruido de las piezas de artillería, y en­tre éstas de las ametralladoras, al propio tiempo que au­mentaba el silbido de las balas de rifle. Desde ese momento los tres puntos defendidos, Yalquincha, Topater y vado de la Huaita, no solo eran impotentes sino espantosos para quienes no han podido oír el retumbar del cañón, el estallido de las bombas de incendio y el ruido de las balas de rifle.

Duraba ya este desigual combate cerca de dos horas. Siento que en el ala derecha, de nuestra defensa en el vado de la Huaita disminuyen nuestros fuegos. Me dirijo allí por tercera cuarta vez y antes de llegar allí encuentro al oficial Manuel Luna que venía a pedirme refuerzo con un rifle, y caballos enemigos. No teniendo ni un solo hombre más de que disponer me limito a ordenarle que vuelva a ocupar su puesto.

En esta situación se me dice que otro puente a distancia de dos millas del Carbajal, al Sur, esto es, Chunchuri, estaba ocupado por fuerzas enemigas. Era nueva atención en tan difíciles momentos. Mando a informarse de la verdad de este nuevo peligro al capitán de lanceros Miguel Palalo, y regresó al puente de Topater a ver si podían sacarse de entre los defensores de aquel punto algu­nos hombres para atender a Chunchuri.

Ya era tarde: este puente había sido tomado por el enemigo así como el cuerpo de rifleros al Norte de Topater.

El coronel Lara se había retirado quemando su último car­tucho. El cuerpo de rifleros, agotadas sus municiones, había hecho otro tanto.

 Se notaba en aquella situación que el enemigo que había desalojado a la columna de Caracoles y al cuerpo de rifleros, no se atrevía a traspasar el río; parecía que se hallaba asombrado de tanto heroísmo. No se oía ya sitio en dirección del pueblo uno que otro tiro.

Pude llegar así sin ninguna dificultad a lo que fue nuestro campamento, donde encontré todavía al jefe del Estado Mayor, coronel Gaspar Jurado, al comandante Pedro Caballero y al oficial de lanceros Segundo Alta­mirano.

El comandante Narciso Avilés, tercer jefe de la Columna de Caracoles, me da la triste noticia de que parte del ejército enemigo había ocupado ya el punto que defendía habiendo penetrado por el vado de la Huaita. Despacho al oficial Altamirano a informarse de si esto era cierto. No vuelve éste. Me dirijo yo mismo al pueblo y cerca de él encuentro a uno de los cornetas de la columna de Cara­coles (Aparicio) que venía de fuga y me confirma la noti­cia de la ocupación del pueblo.

Contramarché sobre el campamento en cuya dirección se retiraban algunos soldados y rifleros; les indico como punto de retirada el pueblo de Chiu-Chiu y yo mismo tomo esa dirección. En el camino me incorporo con los compañeros cuya lista acompaño.

En cuanto a las pérdidas que se ha sufrido, de los in­formes que he podido recoger resulta que murieron de la columna de Caracoles tres individuos de tropa y un herido; del cuerpo de rifleros dos muertos, y doce prisioneros de uno y otro cuerpo. Entre éstos el comandante, tercer jefe de rifleros, Juan Patiño.

Las del enemigo son ingentes relativamente; todas las personas que salieron de Calama después de nosotros ase­guran uniformemente que pasan de cien los muertos en los tres puntos atacados.

Nada se sabe del teniente coronel. Delgadillo ni del se­gundo jefe de rifleros, Eduardo Abaroa; sin embargo, res­pecto del segundo, se dice, que fue fusilado después de prisionero. Si ésta fatal noticia se confirmase, habría que vengar este nuevo crimen.

El ejército enemigo en el combate del 23 hizo uso de todas sus armas, hasta de las bombas de incendio que en los depósitos de pasto seco han hallado cómodo combustible. Cuando las bombas no producían el efecto deseado por él, ponían fuego a los cercos de los alfares. El aspecto que Calama presentaba en nuestra retirada era de una hoguera espantosa.

Así terminó aquel combate sin igual en la historia mo­derna; 135 Hombres mal armados defendiendo una línea de más de tres millas contra un ejército compuesto de 1.400 a 1.500 hombres con las mejores armas que se conocen.

Ahora Chile sabe con qué clase de enemigos tiene que luchar, y el país no olvidará que a las ventajas numéricas pueden oponerse el valor proverbial del ciudadano boli­viano y el estudio de las localidades aparentes para la de­fensa o para el ataque.

Al terminar esta exposición, es de mi deber y de severa Justicia, hacer conocer a la nación y al Supremo Gobierno, el comportamiento heroico de todos los jefes, oficiales y tropa que rechazaron en la mañana del 23 al ejército chi­leno.

El señor coronel Severino Zapata que llegó a Calama el día 20, prestó con su presencia y sus consejos importantes servicios antes del combate, durante él y en la retirada, así como su comitiva compuesta del coronel Juan Salinas, doctor Ricardo Ugarte, Lizardo Taborga y Manuel T. Cueto.

El Estado Mayor compuesto del coronel Gaspar Jurado, del teniente coronel Pablo Sánchez, del comandante Pedro Caballero, teniente primero Ignacio Pedroza y del ayudan­te Federico Andia, cumplió también legalmente su deber.

El coronel Lara que defendía el puente de Topater causó no pocas bajas en el ejército enemigo; pues se le veía ha­cer constante fuego con un rifle, rodilla en tierra. En este punto se hallaron el comandante Avilés y los oficiales Braulio Vera, Hermenegildo Villegas, Alfredo Goblé y Licio Villegas.

El teniente coronel Delgadillo desplegó un valor en la defensa del vado de la Huaita superior a todo elogio. Con él se encontraban los capitanes José Díaz y Francisco Zúñiga, los oficiales Samuel Aramayo, Manuel Luma, Ma­nuel Chavci, Manuel I. Gandarillas y Rodolfo Abaroa.

El teniente coronel Pablo Sánchez no satisfecho con ha­llarse en el Estado Mayor se agregó con mi consentimien­to a los defensores del puente de Topater.

El cuerpo de rifleros que defendía el vado de Yalquin­cha, al mando del tercer jefe Juan Patiño, del Mayor Froilán Flores y del capitán Luis Laínez, se colocó a la altura de su deber y cumplió dignamente los compromisos que vo­luntariamente y con sin igual abnegación contrajo. A este cuerpo pertenecían los oficiales Saturnino Burgos, Lucia­no Caballero, Severo Aparicio, Manuel Pereira, Modesto Carrazana, Manuel I. Gandarillas, Rodolfo Abaroa y Avelino Aramayo.

El cuerpo de Lanceros no ha sido menos digno en los servicios locales a que estaba destinado; y su jefe en su ca­lidad de tal y como Sub-prefecto de la provincia de Atacama, señor José Santos Prada, ha prestado igualmente importantes servicios, asimismo que el Intendente de Policía y capitán de rifleros, Eugenio M. Patiño.

Con sentimiento de alta consideración, soy del señor Mi­nistro de la Guerra atento y segare, servidor.

LADISLAO CABRERA

***

JEFE DE LAS FUERAS DE CARACOLES Y ATACAMA.

CUARTEL GENERAL EN MARCHA.

Huanchaca, Marzo 31 de 1879

Señor:

Al haber tocado este departamento con los restos del combate que el día 23 del que termina tuvo lugar en Calama, entre el ejército de Chile y la escasa fuerza de mi mando, me es obligatorio poner en conocimiento del señor Comandante General del departamento, que continuo mi marcha a esa capital, donde estaré con el señor Prefecto del litoral, coronel Severino Zapata, y cuarenta y ocho per­sonas entre jefes y oficiales, tropa y empleados de la Pre­fectura del litoral.

Aprovecho esta ocasión para ofrecer al señor Comandan­te General mis consideraciones de respeto y estimación.

Dios guarde a V. S.

LADISLAO CABRERA

Al señor Comandante General del departamento de potosí.

***

JEFE DE LAS FUERZAS DE CARACOLES Y ATACAMA.
CUARTEL GENERAL EN MARCHA.

Canchas Blancas, Marzo 31 de 1879

Señor

A fin de que esa Comandancia General tenga conoci­miento del combate que tuvo lugar en Calama en la ma­ñana del 23 del mes que termina, adjunto copia autoriza­da del parte, que dirijo al Ministerio de la Guerra.

Con este motivo soy del Comandante General, su atento seguro servidor.

LADISLAO CABRERA

Al señor Comandante General del departamento de Potosí.

***

PARTES OFICIALES DE CHILE

PARTE DEL COMANDANTE RAMÍREZ

Calama, Marzo 24 de 1879

Cumpliendo las órdenes de V.E., contenidas en la Orden del Día 21 del presente mes, salí de Caracoles a las 3 P. M. del mismo día 21, con una división de quinientos cuarenta y cuatro hombres, compuesta de tres compañías de cien hombres cada una, pertenecientes al 2° de Línea, las órdenes del Teniente Coronel Graduado don Bartolomé Vivar. La Compañía de Cazadores del 4° de línea, a las órdenes del Sargento Mayor Graduado don Juan José San Martín. Una Compañía de Cazadores a Caballo a las órdenes del Sargento Mayor Graduado don Rafael Vargas, y dos piezas de Artillería de Montaña a las órdenes del Teniente don Eulogio Villareal.

A las 10 P. M. acampamos en Aguas Saladas de la Providencia, donde pasamos la noche.

A las 8 A. M. del día 22, emprendimos la marcha hacia la cima de la Sierra de Limón Verde, acampando a las diez de la noche, al poniente de la expresada montaña, en una estrecha garganta situada a la entrada de la quebrada que baja al valle de Calama.

A las 2.30 A. M. del día 23, di la orden de marcha, disponiéndose el ataque a la plaza de Calama, en el orden siguiente:

Un piquete de Caballería a las órdenes del Alférez don Juan de Dios Quezada; llevando, como prácticos, a los señores Secundino Corbalán y Lucas González, para que marcharan a la vanguardia y tomaran posesión del camino a Chiu-Chiu.

Otro piquete de Caballería de sesenta y cinco hombres, del mismo cuerpo, a las órdenes del Sargento Mayor Graduado don  Rafael Vargas, llevando como practico a don Pedro Hernández, para que tomaran posesión del camino que conduce a Cobija.

Las Compañías Cazadores del Segundo y Cuarto de Línea, para que protegieran la construcción de los puentes que debían establecerse en el río Loa por el Teniente General Graduado de Ingenieros Militares, don Arístides Martínez, auxiliado por treinta Voluntarios chilenos sacados del Mineral de Caracoles y el resto de las Fuerzas del 2° de Línea.

Dos piezas de Artillería y Cazadores para que sirvieran de reserva y atacar el enemigo por el frente del pueblo.

A las  5.30 A. M., avistamos Calama, y a las 7.30 se cambiaron los primeros disparos con el enemigo, por el piquete de vanguardia que  mandaba el Alférez Juan de Dios Quezada, al hacer éste su reconocimiento por el Vado de Topater.

Acto continuo marchamos al ataque las dos Compañías de Cazadores del 2° y 4° de Línea, al mando de los respectivos capitanes, en protección ambas de las construcción de los puentes, y la primera de las nombradas, para proteger el piquete de Cazadores a Caballo que mandaba el Sargento Graduado do Rafael Vargas y que fueron los primeros que atravesaron el río Loa, por el Vado de Carvajal.

Desde este momento fue necesario que yo me ocupara, muy particularmente de la dirección del ataque, con las Fuerzas que habían atravesado el Loa por el Vado de Carvajal y que venían comprometidas por la resistencia del enemigo, que había causado algunas bajas a la tropa de Cazadores a Caballo.

Esta División, compuesta sólo por la Compañía de Cazadores del 2° y los Cazadores a Caballo, fueron los que desalojaron al enemigo de sus importantes posiciones, ganándoles terreno con todo arrojo y decisión, hasta ser los primeros en entraron al pueblo de Calama.

La Compañía de Cazadores del 4° de Línea, rompió sus fuegos sobre el enemigo que estaba atrincherado en la Casa de Maquinas de Amalgamación, y las Compañías 1ª y 2ª del 2° de Línea mandadas por el Teniente Coronel Graduado don Bartolomé Vivar y los Capitanes L. Echánez y P.N. Ramírez, atravesaron el río Loa sin auxilio de ningún puente, por el lugarejo llama-viento. La resistencia del enemigo en esa parte, como la que atacaba el Capitán San Martín, con sus Cazadores del 4°, fue tenaz y sólo pudo obligárseles a dejar sus posiciones importantes, mediante el arrojo a sangre fría de nuestros soldados.

V.S., que ha dirigido el ataque en lo más importante de los puntos, donde el enemigo estaba atrincherado, hasta correr serio peligro de su persona, sabrá estimar el mérito particular de los Jefes, Oficiales y tropa que han tomado parte en el ataque del día de ayer, permitiéndome hacer, por mi parte, una recomendación especial a los Sargentos Mayores Graduados Don Rafael Vargas y don Miguel Arrate L., que mandaban la tropa que bajo mis órdenes inmediatas, atacó esta plaza por el lado sur.

La toma de esta plaza costó al enemigo la pérdida de un Sargento Mayor y diecinueve individuos entre oficiales y tropa; heridos un sargento mayor, un teniente y un soldado; prisioneros: un sargento mayor, dos capitanes, un ayudante, un teniente primero, dos tenientes segundos, dos subtenientes, un sargento primero y catorce soldados, algunas armas y municiones de distintos sistemas.

Por nuestra parte, hemos perdido un cabo 1°, un cabo 2° y cinco soldados del Regimiento Cazadores a Caballo. Heridos levemente en la oreja izquierda, el sargento Mayor Graduado del 4° de línea don Juan José San Martín y de alguna gravedad, cuatro soldados del Cazadores a Caballo y uno del 2° de línea.

Merece una recomendación especial la buena conducta y moralidad de nuestra Tropa, durante el ataque y después de él; asimismo  el entusiasmo y resistencia con que han verificado su marcha a través del desierto, haciendo la travesía de veinte y tantas leguas, que se dice que hay de Caracoles a Calama, en veinte y media horas de marcha.

No concluiré sin hacer una recomendación especial de los Oficiales del Batallón Cívico de Caracoles, Capitán don José M. Walker y su Ayudante don Ramón Espech, y de los ciudadanos don Ignacio Palma Rivera y don Alberto Gormaz H. Que, con la mayor decisión, presentaron sus servicios como ayudantes del Estado Mayor, concurriendo a todos lo punto donde fue necesario transmitir las órdenes de V.E. y del suscrito.

Es cuanto tengo que decir a V.E. en cumplimiento a las instrucciones de la citada orden.

Dios guarde a V. S.

Eleuterio Ramírez

Señor comandante en jefe del ejército de operaciones del norte

***

BRIGADA DE ARTILLERÍA

El que suscribe da cuenta al señor coronel comandante en jefe de las ocurrencias siguientes:

Ayer, a las 6 tres cuartos A. M., recibí orden de acompañar con una pieza de artillería al capitán de la compañía de caza­dores del batallón 4° de línea, señor San Martín, con quien nos dirigimos al Oriente del pueblo; dicho señor me ordenó colocarme con mi fuerza en una pequeña prominencia del terreno, que dominaba todo el campo.

A las 7 el enemigo rompió el fuego sobre nosotros y lo sos­tuvo hasta las 10, hora en que abandonó el campo.

No tuve ocasión de hacer más que tres disparos: uno contra la caballería, otro contra un gran grupo de infantería y el ter­cero contra una casa que servía de cuartel general, después de los cuales se dispersó completamente el enemigo para seguir haciendo fuego oculto en los matorrales. Siendo ya inútil continuar haciendo fuego con mi pieza, lo continué con carabina hasta que el enemigo abandonó el campo.

En el último disparo de cañón, se dio vuelta éste y se quebró d alza. Debo advertir que la pequeña prominencia en que esta­ba situado, no tenía sino planos muy inclinados.

El alférez don Pablo Urízar que acompañó a la división al Sur, tuvo un terreno tan lleno de obstáculos, que no le fue posible disparar, sino un tiro de cañón.

En la tropa no hubo novedad.

Las municiones consumidas son las siguientes:

Tres granadas comunes.

Una granadas Scheapnds.

Ciento setenta y dos tiros a bala de carabina.

Después de llegar la tropa a la plaza, el cabo 2°  Ruperto Silva descuidó una mula que traía de repuesto y le fue robada.

Calama, Marzo 24 de 1879.

EULOGIO VILLARREAL

***

BATALLÓN 4° DE LÍNEA

Calama, Marzo 24 de 1879

Señor Comandante en Jefe:

Cumpliendo con la orden que recibí de V. S., ayer poco antes de las 7 ¼  A. M., me dirigí con la compañía de mi mando a colocarme al frente de las trincheras y parapetos del enemigo boliviano que estaba situado en la ribera Oeste del río Loa.

Con la compañía tendida en guerrilla y al frente de la línea ene­miga, hice romper el fuego a las 7, pues ellos lo habían hecho tan pronto como tuvieron al frente a nuestros soldados. Cuan­do los enemigos se replegaban a la izquierda de su línea, tenía yo que abandonar mi lugar y seguirles con fuegos por el flanco derecho; otro tanto tenía que hacer por el flanco izquierdo cuando ellos se replegaban o multiplicaban sus fuegos a la de­recha de su línea.

Eran las 10 ½ A. M. cuando el enemigo se retiraba disperso y siéndome de todo punto imposible salvar la ribera del rio por tener éste en ambos lados grandes barrancos, tuve que seguir flanqueándolo por la derecha hasta que encontré un lugar a propósito para salvar el río y perseguir al enemigo; pero cuando me encontré en la ribera opuesta, ya todos habían huido.

Los muertos por parte del enemigo, no puedo decir su nú­mero con fijeza, los que he visto son dos; pero por personas que me merecen entera fe y que han recorrido el sitio del combate, son siete u ocho de enemigos y que todos teman sus heridas en la cabeza.

Me hago un deber en recomendar a la consideración de V. S. la serenidad, sangre fría y arrojo con que se han conducido los oficiales de la compañía: teniente señor Pablo Marchant y sub­tenientes señores Emilio A. Marchant y Luis Víctor Gana, quie­nes durante lo mas recio del combate cada uno se manifestaba con el mayor contento y alentando con sus palabras a nuestros soldados.

Todos los individuos de tropa, desde el sargento 1° al tam­bor, se han conducido con la bravura y serenidad que es carac­terística en nuestro ejército. Creo, señor coronel, que todos ellos son dignos miembros del ejército que V. S. comanda.

Ningún muerto he tenido que lamentar, y herido de bala solo fue el que suscribe, en la oreja izquierda.

Es cuanto puedo decir a V. S, en obsequio de la verdad.

Dios guarde a V.S.

J. J. SAN MARTIN

***

PARTE COMANDANTE EMILIO SOTOMAYOR

(Comandancia en Jefe del Ejército del Norte)

Señor Ministro:

A las 5 A.M. del 23 del corriente llegué a la vista de Calama con una división de quinientos hombres, mandada por el teniente coronel don Eleuterio Ramírez, marchando durante dos horas en observación de los movimientos del enemigo allí acampado, y estudiando a la vez la topografía del terreno para determinar los puntos de ataque.

Los dos caminos que de la quebrada de Calama se dirigen al Loa, bajando de Limón Verde, fueron los que preferí seguir, considerando que en su término tendría el enemigo todas sus fuerzas.

Las compañías de cazadores del 2º y 4º de línea se dispusieron a tomar la ofensiva: la primera para atacar a la derecha del enemigo, y la del 4º la izquierda, del lado de Topater, forzando este paso.

Los cazadores a caballo debían tomar los caminos que conducen a Tocopilla, Cobija, Chiu Chiu y Santa Bárbara, para cortar el paso a los enemigos en esas direcciones; al efecto, llevaban los prácticos necesarios para pasar el río.

La primera avanzada de cazadores a caballo, mandada por el alférez don Juan de Dios Quezada, que buscaba el paso del río para cortar la retirada por el Oriente, recibió los primeros disparos, lo que la hizo detenerse, mientras que la otra mitad del mismo cuerpo, a las órdenes del sargento mayor graduado don Rafael Vargas, continuaba marchando en dirección al vado de Carbajal.

Aproximado a 1.200 metros de la línea enemiga, ordené la marcha de los cazadores de infantería, pues la actitud del enemigo me obligaba a obrar sin consideración alguna.

Los cazadores del 4º de línea rompieron sus fuegos a 500 metros sobre las trincheras formadas por las murallas de una máquina de amalgamación perteneciente a la casa de Artola, situada a 125 metros al frente del puente Topater. Apoyaba este ataque una pieza de artillería de montaña, mandada por el teniente don Eulogio Villarreal, la que se colocó en una pendiente del cerro Topater, cuyo pie baña el Loa.

En este momento el teniente coronel graduado de ingenieros don Arístides Martínez, recibió la orden de marchar por nuestra izquierda, siguiendo las márgenes del río, para tender un puente que franquease el paso a los cazadores del 2º de línea que lo acompañaban con este objeto y dar apoyo a los cazadores a caballo del sargento mayor graduado don Rafael Vargas. Dicha operación se ejecutó con toda prontitud por los treinta paisanos de Caracoles, zapadores improvisados por el teniente coronel Martínez.

Informado por mis ayudantes de campo de haber pasado la tropa del 2º de línea y una pieza de artillería de montaña mandada por el alférez don Pablo Urízar, hice avanzar al teniente coronel graduado don Bartolomé Vivar que, con la 1ª y 2ª compañías del mismo batallón, se situó de reserva en el centro de nuestra línea.

En estas circunstancias el combate se hizo sentir en las alas de ambas líneas, principalmente en nuestra izquierda, donde los cazadores a caballo recibieron a quemarropa una descarga de fusilería de las trincheras enemigas, a corta distancia del vado, a cuyo punto los condujo por engaño un prisionero que les servía de guía, según los expone el mayor Vargas en su parte. En esta inopinada sorpresa los cazadores dieron a conocer su justo renombre de valientes, soportando un fuego mortífero y perdiendo en menos de un cuarto de hora siete hombres muertos y cuatro heridos, viéndose obligados a echar pie a tierra, tanto por las trincheras que cubrían al contrario, como por las dificultades del terreno cubierto de zanjas, canales y espesos arbustos, lo que hacía imposible el servicio de la caballería.

Para terminar el combate, el teniente coronel graduado don Bartolomé Vivar recibió orden de pasar el río con sus dos compañías, apoyando por su derecha a la tropa del 4º de línea y a los cazadores a caballo por su izquierda. Ejecutada esta maniobra, dicho jefe concluyó con los defensores de la trinchera de Topater, al mismo tiempo que el comandante Ramírez, jefe inmediato de las tropas de ataque, terminaba por la izquierda la resistencia de los atrincherados en Carbajal, en donde le fue herido su caballo, batiendo a sus enemigos hasta entrar al pueblo.

En esta acción de guerra tuvimos siete individuos de tropa muertos, de cazadores a caballo, cuatro heridos de este mismo cuerpo, uno del batallón 2º de línea, y levemente herido en la oreja izquierda el bizarro capitán de la compañía de cazadores del batallón 4º de línea, don Juan José San Martín.

El enemigo perdió veinte hombres muertos y treintaicuatro prisioneros, de ellos diez oficiales, dejando en nuestro poder lanzas, fusiles, carabinas y pistolas, en número de 70.

Creo justo recomendar a los señores jefes, oficiales y tropa que tomaron parte en la acción, particularmente al comandante del batallón 2º de línea, don Eleuterio Ramírez, que personalmente dirigía el ataque del ala izquierda con la compañía de cazadores de su cuerpo; al sargento mayor graduado don Rafael Vargas, que escapó milagrosamente en el paso del río, y mediante su reconocido coraje salvó a su tropa después de la sorpresa de Carbajal; al teniente coronel graduado de ingenieros don Arístides Martínez, cuya prontitud para tender el puente facilitó oportunamente el paso del río a las tropas; a mis ayudantes señores José M. Walker, capitán del batallón cívico de Caracoles, y Roman Espech, ayudante del mismo batallón, por su patriotismo y abnegación, pues al marchar a Calama pidieron acompañarme en clase de ayudantes de campo y cuyo nombramiento se les hizo el día 21 al partir; y en fin, a los ciudadanos señores Ignacio Palma Rivera y Alberto Gormaz, con quienes en varias ocasiones mandé órdenes a la derecha e izquierda de la línea en ausencia de mis ayudantes.

Los jefes de las tropas que tomaron a Calama hacen recomendaciones especiales de oficiales y tropa, como podrá verlo V. S. en los partes que acompaño.

La planicie de Calama, en que se halla el pueblo de este nombre y en la que tuvo lugar el combate del 23, ocupa una superficie de tres kilómetros cuadrados, más o menos cubierta de matorrales espesos, ya formando cercas, ya dispersos en todos sentidos. El río Loa la baña por el sur, sirviéndole de defensa como los fosos de una fortaleza; de él salen canales de riego para el cultivo de alfalfa y siembras de maíz. Todo el terreno está dividido en pequeñas propiedades, cuyo suelo, por la clase especial de laboreo, forma una sucesión de acequias y excavaciones anchas bordeadas de gruesas aporcas que lo hacen intransitable para la caballería e incómodo para el tráfico de a pie. Esta fue la causa principal que hizo prolongarse el combate por más de dos horas.

Calama, como posesión militar, es de gran importancia, prestándose ventajosamente para la guerra de emboscadas. Los matorrales que la rodean tienen de espesor en general seis metros, por otros tantos de altura. Los únicos puntos para atacarla con alguna ventaja son: el camino de Chiu Chiu al Oriente y el de Cobija y Tocopilla al Poniente, sin embargo de que los matorrales se prolongan al Oriente como cuatro kilómetros, más o menos, surcando esta parte tres caminos, dos para caballos y uno carretero.

Inmediatamente de tomar posesión de Calama, 11 A.M., hice publicar un bando dando a conocer como jefe político y militar de la plaza al teniente coronel comandante del batallón 2º de línea, don Eleuterio Ramírez.

Calama, Marzo 26 de 1879.

EMILIO SOTOMAYOR

Al señor Ministro de la Guerra.

 

 

 

 

 

 

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