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| La Guerra del Pacífico ; Los Héroes Olvidados www.laguerradelpacifico.cl Por Mauricio Pelayo González |
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Partes de Guerra de la Batalla de Dolores
Parte del General Buendía
Señor coronel secretario general de s.e. el supremo director de la guerra.
Tarapacá, 21 de noviembre de 1879.
S.C.S.G. Con profundo sentimiento participó a us. para que lo haga saber a s.e. el supremo director de a guerra, que en la tarde del 19 del presente ha sufrido el ejército de mi mando un duro golpe de adversidad en las Pampas de Santa Catalina frente a cerro e San Francisco, en cuya cima guarnecida de artillería se encontraba el enemigo. Con la tremenda noticia esparcida en el ejército por el joven Prada, uno de los ocho propios que dirigí de Pozo Almonte a s.e. el general Daza, es el que por nota de su secretario general tuve aviso de encontrarse en Camarones, suplicándole precipitara su marcha, y por el referido propio se supo a contramarcha efectuada a Arica por el capitán general con las fuerzas de su mando, la desmoralización y violencia del ejército boliviano llegó a su colmo, y en el momento de exploración que yo ejecutaba en esa tarde para reconocer las fuerzas y posiciones del enemigo como los accidentes de terreno, y tener en la noche una junta de guerra con los comandantes generales y jefes de los cuerpos para acordar lo conveniente respecto a nuestros procedimientos, un sargento de guerrilla de los aliados (boliviano) que se encontraba a doce metros de mi, disparó su rifle sin habérsele dado orden para ello y sin que hubieran bastado los esfuerzos de todos ni los toques de corneta para la cesación del fuego, que sin mandato objeto, ni dirección se generalizó en los cuerpos del aliado, desmandándose éstos y retirándose del campo, dejando solas nuestras fuerzas. Deducidas las bajas sufridas en tan deplorable como criminal acontecimiento, el resto continua a marcha sobre esa, en donde daré cuenta de todo lo ocurrido en el juicio a que espero ser sometido, y que desde luego pido para probar en él que la desgracia sufrida el 19 ha sido consecuencia de la inesperada contramarcha de Camarones a Arica del capitán general con las fuerzas que con tanta ansiedad habían sido esperadas.
Dios guarde a us. Juan Buendía
Parte del Coronel Belisario Suárez
Estado mayor general del ejército del sur. Tarapacá noviembre 23 de 1879. Benemérito señor general de división y en jefe del ejército. B.S.G.
Más que el parte de acción de armas que tuvo lugar en el cantón de Santa Catalina el día 19 e la del presente, tengo que dar a u.s. cuenta de la situación de las fuerzas y de las diversas causas que la han creado no obstante los esfuerzos de este e.m.g. para evitarla. Como lo que hoy acontece tiene en los primeros días de la campaña y en la manera como se la ha dispuesto, una generación que debe buscarse para encontrar sentido a los sucesos últimos; como este parte tiene que servir de base al juicio del ejército del sur ante el país y ante la historia he creído de mi deber, y se ha de servir u.s. permitirme abandonar hasta cierto punto la fórmula de esta clase de documentos y dar a este un carácter tan excepcional, como lo son los hechos que deben prestarle materia. La función de armas del 19 presentada aisladamente, sería algo de imposible explicación que envolverla en una atmósfera de dudas y sospechas el crédito de la nación y su ejército; pero ese mismo suceso colocado en su propio lugar, iluminado con el auxilio del cuadro entero de la situación a que a servido de desgraciado pero natural e inevitable término deja en su sitio, que venturosamente para el Perú, no es de los menos honrosos el patriotismo, el valor y la honra de nuestros soldados cruzados en su marcha de triunfo y extraviados en uno de los movimientos estratégicos más valientes y justos que puede ofrecer la memoria de las combinaciones militares. La toma de Pisagua, el 2 de noviembre, cambió fundamentalmente y violentamente la manera de ser del ejército que defendía Iquique le trazó aritmética e improrrogablemente los días, para perecer de hambre para deber la subsistencia a la victoria o para abrirse al menos paso en busca de una comunicación indispensable y por todas partes cerrada con s.e. el director de la guerra y el resto del país, de que muy pronto iba a quedar aislado. Sin embargo de ser indudablemente esa única la línea de conducta, ni u.s. ni el que suscribe, ni el ejército pensaron adoptarla en nombre de la necesidad ; muy al contrario, si se deliberó fue sólo para buscar el camino a las filas contrarias o el lugar más conveniente para el sacrificio, que todos aceptaban con alegre resolución. Recuperar Pisagua en cuyo suelo se profanaba el de la patria, o conservar Iquique ya por solo su titulo de cuartel general, era lo que debía decidirse: tanto u.s. como el que suscribe hicieron diferentes consultas a s.e. el capitán general de Bolivia y a su jefe de vanguardia, sin obtener contestación, sin ver llegar de esas filas, ni el aviso, ni la combinación, ni el plan que se esperaba. La marcha estaba mandada, y se emprendió sin recurso alguno, porque aun cuando el gobierno tiene celebrado con los señores Puch Gómez y cía. un contrato de provisión de carne, en el cual se ha pasado sobre lo excesivo del precio en cambio de la seguridad del suministro, se ha visto del todo burlada esa previsión en el momento en que debió lograrse el fruto de ese sacrificio, aceptado sólo a tal precio; y la provisión que fue regular mientras la residencia en los pueblos, la hizo innecesaria, se suspendió en los días mismos en que debimos contar en esa seguridad que creíamos deber a la no pequeña retribución del fisco. Salió el ejército como a u.s. le consta, casi desnudo, muy próximo a quedar descalzo, desabrigado y hambriento, a luchar, antes que con el enemigo, con la intemperie y el cansancio durante la noche, para evitar en las pampas el sol abrasador, y en una palabra con el equipo que al principio de la campaña era ya inaparente para emprenderla; porque ninguno de los pedidos que u.s. y este despacho han reiterado, fue satisfecho en los siete largos meses de estación en Iquique. Por fin el 18, sin brigadas, sin elemento alguno de movilidad proporcionada al ejército, porque el coronel inspector de campo don Manuel Masías se retiró, dejando como única huella de su actividad las cenizas de los almacenes de Agua Santa, emprendimos sobre el enemigo, después de probar en su ligero choque con la primera avanzada chilena que se nos presentó, la entusiasta decisión de los soldados. Al amanecer del día 19 avistamos los parapetos de San Francisco, artillados y defendidos por lo mejor, sin duda, de las tropas contrarias, que habían hecho de ellos el centro de sus operaciones sobre las oficinas y la línea férrea. Consultando con u.s. las condiciones de nuestra fuerza, convinimos en estudiar la intención y posición de los enemigos, avanzando algunas divisiones y estableciendo la línea hasta dejar dentro de ella el agua, lo que conseguimos a poca costa, posicionándonos convenientemente y en situación de tomar con seguridad y calma las medidas más apropiadas, a medida que se desarrollaran los acontecimientos. Este movimiento, ejecutado con una precisión y un orden admirables, puso de nuestra parta todas las ventajas, porque habíamos logrado elegir nuestro campamento, y la libertad de acción que permite adoptar y seguir un plan. En ese estado ordenó u.s. que se le enviara una división de infantería un regimiento de caballería y seis piezas de artillería para unirlas a la división de Exploración y a la primera brigada de la primera división del ejército aliado, y que el que suscribe, con el cuerpo de ejército que quedaba sus órdenes atacara la posición por el flanco izquierdo mientras lo verifica a u.s. por la derecha. Posteriormente, y a instancias mías se resolvió emplear lo que quedaba de la tarde en dar a la tropa el alimento debido y emprender ataque con todas las probabilidades de éxito, y el que suscribe comunicó esta determinación a los jefes superiores, y habla a la tropa que estaba bajo sus inmediatas órdenes que lo recibió alborozada y entusiasta. La jornada había concluido por ese día y me retiraba a dirigir y presenciar el reparto de las raciones, cuando los primeros tiros de cañón enemigo, y un vivísimo fuego de fusilería, me obligaron a regresar a las posiciones avanzadas en las cuales sin orden alguna, se había comprometido un verdadero combate. La columnas ligeras de vanguardia organizadas en días anteriores, escalaron el cerro fortificado, y no tardaron en seguirlas los cuerpos de la división Vanguardia, el batallón Ayacucho de la Exploración y una a una otras fuerzas de la división primera. Ese ataque visto sólo como un esfuerzo del valor, como un fruto de la resolución más decidida y heroica, honra el valor e ilustra las armas nacionales. Tres veces ganaron nuestros valientes la altura y desalojaron a los artilleros apoderándose de las piezas bajo el fuego de los Krupps,. de las ametralladoras y de una infantería muy superior, defendida por zanjas y parapetos, pero las fuerzas del ejército aliado en completa dispersión, sin orden sin que nadie autorizara ese procedimiento, rompieron un fuego mortífero para nuestros soldados e inútil contra el enemigo. El campo se cubrió de esos soldados fuera e filas que disparaban desde largas distancias, avanzaban a caprichoso escogían un lugar para continuar quemando sus municiones sin dirección ni objeto, en cada sinuosidad del terreno filas de dada montón de caliche y aun entre cada agujero abierto por el trabajo, había un grupo que dirigía sus fuegos sin concierto, sin fruto y produciendo un ruido que aturdía y una confusión que no tardó en envolverlo todo. u.s. como yo como todo el personal de nuestras inmediatas dependencias, tuvo que contraerse a contener ese desborde, y aun cuando yo intenté dirigir a la altura el ataque en que estábamos empeñados, ya sin plan, con ejemplar denuedo enseñaba al enemigo a respetar nuestra bandera, que se enseñoreaba de sus parapetos; pero tuve que abandonar también ese empeño a ruego de los soldados heridos por a espalda mientras combatían denodadamente. Mientras tanto sordos a la corneta, indóciles al ruego, a la amenaza a la exhortación y a todo, los soldados bolivianos, sin Jefes, continuaban su obra con la precipitación y frenesí propios de quien no tiene otro objeto que hacer incontenible el desorden. La conducta de las divisiones bolivianas, que hicieron irreparable la primera imprudencia, que nos improvisaron un campo de batalla inesperado y más digno de atención que el del enemigo, plan inicuo preparado desde la introducción en nuestras tropas de ciertos hombres que necesitado infamar a su país para hacer surgir sus aspiraciones personales, en medio de la ofuscación que debe producir en los espíritus, un desastre lejano, y cuyo colorido dependerá de la intención con que se lo presenten sus mismos autores. Ambiciones que han llegado paroxismo y que nada respetan, se dieron cita en el mismo campo de batalla, para exhibir ante su patria, como obra de la mala acción de su presidente de la república aliada o que no ha sido sino su propia obra: el valor, el patriotismo mismo de esos soldados les han servido e elementos de seducción y, contando con ellos es que se ha preparado y consumado el descrédito de la propia patria y una infidencia sin nombre a la alianza que, con tan noble y abnegado celo representa y consolida con sus virtudes cívicas el capitán general de ese ejército, que hemos visto tan fuera de su centro e impulsado a la fuga ,en nombre de los intereses del país que tan alevosamente se han falsificado. Algunos escritores chilenos la llaman de Dolores, o de la Encañada. Es triste consignar tan deplorable extravío ; pero debe constar que no hemos emprendido una retirada ante las fuerzas chilenas incapaces de abandonar sus parapetos y reducidas a la actitud más estrictamente defensiva, sino que vimos surgir la desmoralización en nuestras filas y hemos sido víctimas de golpe por la perfidia contra dos naciones y contra un principio de trascendencia continental, a favor de la confianza de nuestros campamentos. Nuestra artillería, que desde el principio se distinguió por su acierto contuvo la tentativa de ataque de los chilenos en los últimos momentos. Cerró al fin la noche y el ejército peruano, moral, unido y dispuesto con igual ardor a los combates, se encontró con el inacalificable abandono de la de la división de Caballería que se retiró en masa del campo de Batalla, sin tener parte en la acción sin que hasta ahora se conozca el lugar en que se ha dirigido, ni los motivos de esa fuga que mutiló un ejercito y favoreció la dispersión del otro, dando un funesto ejemplo a todas, y manchando el lustre de nuestras armas, que habían brillado imponentes sobre las fortificaciones enemigas. La postración propia después de tan penosa jornada después de tres días de sed, de vigilia, hambre, y más que ella la perspectiva de la falta absoluta de recursos, porque hasta el agua exigiría encarnizados y estériles combates, nos obligaron a coordinar un cambio de posición, donde sin esos inconvenientes se preparara el verdadero combate, conforme al plan que cruzaron la deslealtad y la impaciencia. Se acordó, pues, dirigir la marcha a Tiliviche, satisfacer allí las necesidades de la tropa que todo aseguraba, pero el guía general del ejército José Cavero perdió su bestia muerta en el combate y aquellos a quienes tuvimos que confiarnos y la densa niebla nos extraviaron haciéndonos girar en un círculo vicioso que nos condujo seis veces al frente del campamento enemigo, sin ninguna hostilidad de parte de el, teniendo por último que llegar a esta capital, después de dos penosísimas marchas. Fue en la primera jornada donde tuvo lugar la pérdida de la artillería y el comandante general de esta arma la explica en estos términos: "Creyéndose abandonados los artilleros y expuestos a caer de un momento a otro en manos del enemigo, que podría llegar por la línea férrea, muy inmediatos de la cual estábamos, resolviendo inutilizar el material clavando las piezas, destrozando las ruedas y cajas de munición y retirando en fin las mulas que pudieron quedar en pie después de dejar su carga; de todo esto sólo tuve conocimiento horas después, en que reuniéndose a mí el comandante de la brigada, mayor Puente, me informó de lo ocurrido". En acápites anteriores decía el mismo comandante general preveyendo lo que sucedía más tarde. "En este estado de indecisiones resolví volver a mi campo donde dispuse lo necesario para dormir allí, y preveyendo algún asalto nocturno ordené al mayor comandante de la brigada, hiciera alistar punzones y harponados para que en caso inevitable clavaran las piezas y continuara la defensa con los mosquetones, parapetados en el carrizal más inmediato a retaguardia". La desaparición total del ejército boliviano y la existencia del nuestro, sin más que las pérdidas del combate, honroso testimonio de nuestro valor, y las muy pocas producidas por la fatiga, garantizan la moralidad y abnegación probada de nuestras tropas en el peligro. Los partes divisionarios que completan éste, dará a u.s. más detallado conocimiento de las operaciones de cada cuerpo, y las relaciones que les sirven de anexos perpetúan la conducta de los que faltaron a su deber, abandonando las filas y reclaman el castigo que merece esta traición, primero a la patria, después al ejército de que forman parte. Sírvase u.s. dar a este oficio el giro correspondiente: por mi parte sólo debo agregar que con excepción de los anotados en las listas de faltos, los señores jefes y oficiales de este e.m.g. del ejército, y la tropa del Perú han cumplido patrióticamente su deber, mereciendo especial mención el jefe de la sección de estadística don Eulogio Seguín, que sin pertenecer al ejército me ha servido de ayudante, recorriendo la línea con notable valor, contribuyendo a los esfuerzos comunes para reorganizar la fuerza aliada que se desbordaba u.s. ha podido apreciar por si mismo la conducta de las divisiones pero no puedo menos de hacer especial mención de la 2a. y 3a. del ejército, que nombradas de reserva mantuvieron ese puesto con ejemplar serenidad y disciplina verdaderamente militar en medio del fuego enemigo, sin ceder ni a la exaltación natural que produce el peligro y la efervescencia del combate. Las relaciones de muertos y heridos son desde luego incompletas por el desorden de la ocasión y por las muchas causas a que puede atribuirse la desaparición de algunos de los que aún no se incorporan. Dios guarde a u.s. Belisario Suárez
Parte del General Erasmo Escala
Santiago, noviembre, 22 de 1879. Señor intendente: el Huanay acaba de entrar. Salió de Pisagua poco después del Angamos, trae el parte siguiente. Del general Escala al señor ministro Sotomayor. Señor ministro: Cuando nos preparábamos para combatir la que ceíamos resto de la fuerza derrotada acampada en las casas del Porvenir recibí aviso del señor Vergara diciéndome que el enemigo se había dispersado durante la noche y que sólo se encontraba allí herido el general Villegas, jefe de una división, el Teniente Coronel Ramírez, los Sargentos mayores Flores, y Cordovez el capitán e Medina el teniente Galindo y el subteniente Rivera. En una ambulancia peruana fueron encontrados el teniente coronel Torres, el capitán Riveros, el teniente Mendieta y 31 soldados. A todos se les ha capturado en carácter de prisioneros. Pienso remitir a su disposición a todos los prisioneros a Pisagua, y a los heridos tan pronto como su estado lo permita. Dígame si esto le parece conveniente. La derrota del enemigo ha sido completa y así lo reconoce el general Villegas. Se han encontrado en el campo trece piezas de artillería, muchas municiones y armamento. En santa catalina se han tomado 32 carretones, 20 mulas y acopio de víveres secos. He dicho a Lira que mande a recibirse de ellos. El estado mayor se ocupa aún en su parte, y como le faltan datos, ni aun en globo puede darlo. Lo hará mañana, y después irá mi parte. E. Escala Dios guarde a u.s R. Sotomayor. M.L. Amunategui
Parte de José Echeverría, Comandante del Bulnes
Campamento de San Francisco, Noviembre 25 de 1879 Paso a dar cuenta a V.S. de las ordenes y operaciones efectuadas por el Batallón de mi mando desde que salimos del Campamento de Hospicio, el día 18 del corriente a las cuatro de la tarde. Se nos dio por baqueano a Juan Bautista Romo, quien nos perdió en el camino, teniendo que acampar a las 3 A. M., emprendiendo al toque de diana, de nuevo nuestra marcha. Al avistar Jazpampa, mandé al Teniente Chacón se adelantara y avisara nuestra llegada, como también la falta absoluta de agua que traía la tropa y el cansancio de ella; el Teniente trae por contestación avance lo mas de prisa posible por tener el enemigo a la vista; me adelanté a dicho punto y encontré un parte del señor Coronel don Emilio Sotomayor, diciéndome avisara al señor General en Jefe que el enemigo estaba a la vista; no lo hice hasta que reconocí personalmente, con dos cazadores que se encontraban ahí, y resultó ser falso, por lo que le contesté al señor Coronel que tal enemigo no existía. Permanecimos en Jazpampa hasta las 3.30 P. M. hora en que recibí orden del jefe de infantería, señor Coronel don Luis Arteaga, para marchar en el tren a este punto; no pude traer más de tres compañías por no caber la cuarta, la que se vino a pie, a las órdenes de su Capitán don Manuel Álvarez, quien hizo su marcha a las ordenes del señor Comandante del Chacabuco. Llegando recibí orden de formar en Batalla en la misma estación, y acto continuo recibí la del General en Jefe de marchar al frente del enemigo; al llegar al Molino recibí del Jefe de Estado Mayor, señor Coronel Sotomayor, la de dispersar una compañía en guerrilla; mandé la primera al mando del Sargento Mayor graduado don Ramón Corei y del Teniente graduado don Gumersindo Riveras, y marchar el resto del Batallón a sesenta metros de la vanguardia. Pasando el molino citado, principiaron los fuegos del enemigo, de cañón y rifle; no se le contestó hasta reconocer a que lado se dirigían; viendo que era al lado izquierdo de la guerrilla, ordené entonces hicieran fuego oblicuos a las izquierda, por ser el punto que más nos atacaba; se recibió orden del señor Jefe de Estado Mayor de suspender los fuegos, de retirarnos en seguida, dejándonos de avanzada en el punto llamado San Francisco; una vez ahí mandé a la primera compañía, dispersa en guerrilla, de avanzada, la que se fue relevando por las otras, de cuatro en cuatro horas. A las 3 A. M. el Capitán de la tercera, don José Calisto Martínez, que se encontraba de avanzada remitió a tres artilleros enemigos que sorprendió el Sargento Lorenzo Ahumada, e interrogados que fueron, se remitieron al General en Jefe, y se llaman Silverio Surca, Manuel Choro y Valerio Nica. A las 6.30 A. M. el mismo Capitán remitió al Capitán don Daniel Montes, del Batallón Zepita, Teniente don Manuel Santillana, del Batallón Ayacucho , cinco individuos de tropa, remitiéndose lo mismo que los anteriores a disposición del señor General en Jefe. A las 10.30 A. M. recibí orden del señor Comandante don Ricardo Castro del 3º de Línea, que por orden del General en Jefe marchara a hacer un reconocimiento prolijo de toda la posesión que había tenido el enemigo; marché con mi Batallón y al llegar al punto donde se encontraba la 4ª Compañía de avanzada, la mandé a la vanguardia por el lado derecho, yendo como 80 metros adelante de las demás la 2ª Compañía al centro, la 1ª a la izquierda, y la 3ª dividida en tres grupos, en protección de las tres Compañías. El reconocimiento duró cuatro horas y media; reuní las compañías y resultó encontrar lo siguiente: 10 prisioneros, 85 cajones bala de rifle, 7 idem de cañón, 20 fusiles y 2 botiquines completos sin uso. Al retirarme recibí orden del Ayudante del Estado Mayor, don Guillermo Lira, que por orden del General en Jefe le entregara todos los objetos para conducirlos en ferrocarril; así lo efectué y mandé al ayudante de mi cuerpo a darle cuenta al señor General en Jefe. Al baqueano lo dejé con centinela de vista en Jazpampa. Es cuanto tengo que dar cuenta a V. S. Dios Guarde a V. S. José Echeverría La guerra del Pacífico, Pascual Ahumada Moreno
Parte del Comandante del Cazadores a Caballo
Campamento de San Francisco, Noviembre 22 de 1879 El 18 del actual, por orden de V. S. mandé 120 hombres montados del Regimiento de mi mando, al lugar denominado Agua Santa, a las 3 P. M., para reconocer el trayecto hasta aquel punto y ver si convenía acantonar todo el Regimiento. A las 6 P. M. del mismo día, recibí aviso del Capitán don Manuel R. Barahona, que mandaba la fuerza, de haber encontrado en Negreiros una avanzada del Ejército enemigo como de 300 hombres de infantería y de Caballería, la que hizo fuego a nuestra tropa, y viendo que era considerablemente superior, regresó al campamento. Esta circunstancia fue puesta en su conocimiento y acogida favorablemente por V. S.. El 19, a las 3 P. M. recibí orden de V. S. para examinar el lugar que debía ocupar la caballería en la línea de Batalla, operación que hice al amanecer de este día, acompañado del Capitán Ayudante don José Miguel Alcérreca. Este reconocimiento dio la posición conveniente e indispensable en que con tanto acierto se colocó la caballería en el bajo del Cerro Encañada, situado a las derecha de la línea de batalla de nuestro Ejército, donde permanecí con todo el Regimiento y una compañía de Granaderos a Caballo, hasta el momento en que rompían el fuego los ejércitos a las 3.10 P. M. Incontinenti recibí orden de V. S. para situar dos escuadrones, colocando uno al noreste de la línea de batalla y el otro a inmediaciones de la Estación de Dolores, con el fin de observar y defender el paso indispensable del enemigo, que con tanto tesón procuró pasar para apoderarse de la aguada de Dolores, lugar conveniente y en el que se provee agua nuestro ejército. A las 3.030 juzgándose que la caballería contraria debía atacar al escuadrón avanzado al noreste, dispuse que el Teniente Coronel Graduado del Regimiento, don Feliciano Echeverría, tomara el mando de dicha fuerza para repeler a la caballería enemiga que trataba de darse paso. Al retirarse el ejército enemigo, se me dio orden de marchar con el resto de la caballería de mi mando, a proteger nuestra infantería que marchó en persecución, hacia Santa Catalina lo que ejecuté debidamente. Al día siguiente por orden de V. S. dispuse que el Teniente Coronel Graduado don Belisario Echeverría, al mando de dos escuadrones se dirigiera a las posiciones en que se encontrara el ejército enemigo y protegiera a nuestra infantería, operación que ejecutó recorriendo dos leguas al sur desde el lugar de la batalla el día anterior, sin encontrarlo por ponerse en derrota precipitada, en la noche, obteniendo por resultado, ver que el enemigo había abandonado toda su artillería, parque de municiones, un número considerable de fusiles, mucho vestuario de oficiales y tropa, una cantidad de víveres, animales mulares y una ambulancia. Antes de concluir debo expresar a V. S., que debido al Regimiento de mi mando, fue descubierto el enemigo a una distancia conveniente, lo que dio tiempo suficiente a nuestro ejército para tomar las posiciones más ventajosas. Tanto en este regimiento, como e la Compañía de Granaderos a Caballo, que también estaba a mis órdenes, no ocurrió felizmente ninguna novedad. Dios guarde a V. S. Pedro Soto Aguilar La guerra del Pacífico, Pascual Ahumada Moreno
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