Justo Arteaga Cuevas  ; www.laguerradelpacifico.cl

La Guerra del Pacífico: Los Héroes Olvidados, Los que Nunca Volverán 

 

 

 

 

Un hombre solo muere cuando se le olvida

*Biblioteca Virtual       *La Guerra en Fotos          *Museos       *Reliquias            *CONTACTO                              Por Mauricio Pelayo González

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General Justo Arteaga Cuevas

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Cuando a tu paso tropieces con una lápida, aparta la vista para que no leas: AQUÍ YACE UN VETERANO DEL 79. Murió de hambre por la ingratitud de sus compatriotas.

Juan 2º Meyerholz, Veterano del 79

 

 

     Condecoraciones

 

 

 

 

 

General de División. Soldado de alta profesionalidad y uno de los jefes más respetables e ilustrados de su generación. De gran capacidad organizadora, dueño de una esmerada educación, le correspondió asumir el Comando en Jefe del Ejército chileno al estallar la guerra del Pacífico, y correspondió con creces a la tarea de adiestrar a los soldados que se destacarían en las campañas de este conflicto.

El General Justo José Arteaga  Cuevas nació en Santiago a mediados de 1805 y era hijo del futuro Teniente Coronel Domingo Arteaga Rojas y de la dama santiaguina Ana Josefa de las Cuevas. Cuando apenas contaba 9 años, su padre,  estrecho amigo de Bernardo O"higgins y uno de los Edecanes favoritos del prócer,  le hizo ingresar al ejército patriota con el grado de Cadete. Pero, su precoz carrera militar se vio suspendida por el triunfo de las armas realistas en la batalla de Rancagua y el regreso del sistema colonial en el período conocido como la Reconquista Española.

En los siguientes años terminó su formación juvenil y en 1819 obtuvo el grado de Subteniente del Regimiento "Granaderos de la Guardia de Honor", de guarnición en Santiago, y encargado de la protección del Director Supremo. En 1820 obtuvo los despachos de Teniente Segundo y al año siguiente ascendía a Teniente Primero. Al estallar el pronunciamiento de su unidad en contra del gobierno de O"higgins (el 28 de enero de 1823) era el Segundo Ayudante del Coronel argentino José Luis Pereira, Comandante de la Guardia de Honor, y siguiendo a este jefe, se plegó a las banderas de la oposición. Por órdenes de su superior, le correspondió poner en conocimiento a O"higgins, la orden del Coronel argentino, que impedía al mandatario acercarse al cuartel de la Guardia de Honor, ubicado en una parte del Convento de San Agustín. Como O"higgins necesitaba estas tropas para imponerse ante el Cabildo de la ciudad, prosiguió su marcha hacia el cuartel de San Agustín, junto con sus edecanes, entre los cuales iba el mismo padre de don Justo. El joven Arteaga consciente del peligro que corría su padre y el Director Supremo, indicó a estos la presencia de un grupo de fusileros, prontos a hacer fuego a quienes se acercasen al cuartel. O"higgins, enfadado con esta contrariedad, hizo saber al Coronel Pereira, por el mismo Arteaga, su inmediata presentación ante él. El jefe argentino, obedeció la orden, y O"higgins astutamente se hizo por acompañar por él, hasta el Cuartel de la Guardia de Honor, neutralizando así, el accionar de los fusileros de la torre, quienes no se atrevieron a disparar por temor a dar muerte a su propio Comandante.

Los acontecimientos posteriores son bien conocidos, y desembocaron en la abdicación de O"higgins ante una Junta de Gobierno, y meses después don Justo Arteaga ascendía a Capitán. En 1824 su Regimiento fue destinado al sur y participó en la primera campaña de Chiloé, dirigida por el nuevo Director Supremo, General Ramón Freire. Luego de fracasada esta expedición a uno de los últimos reductos realistas en América del Sur, Arteaga regresó a Valparaíso, para asumir el mando de la Brigada de Infantería de Marina, que embarcada en la escuadra dirigida por el Almirante Manuel Blanco Encalada, participó en el bloqueo al puerto de El Callao, durante ocho meses.

En 1825, siempre al mando de la Brigada de Infantería de Marina, participó en la nueva campaña de Chiloé de ese año, destacándose a bordo del bergantín "Aquiles", en el ataque a las baterías de San Carlos de Ancud en el mes de noviembre. Luego luchó en los combates de Pudeto y de Bellavista el 13 y el 14 de enero de 1826 y estuvo presente en el Tratado de Tantauco el 19 del mismo mes, en el cual el General realista Antonio de Quintanilla, entregó la Isla de Chiloé a las fuerzas chilenas, luego de una tenaz resistencia de 7 años.

Anexada la Isla de Chiloé definitivamente a la administración chilena, Arteaga dejó el mando de la Infantería de Marina y perfeccionó sus conocimientos en matemáticas, bajo la atenta mirada del Coronel de Ingenieros Santiago Ballarna, ilustre oficial español que había servido en las filas del Rey, y que desinteresadamente se había pasado a las filas patriotas, obteniendo importantes cargos gracias a sus conocimientos y probada capacidad. Estas clases se dictaron en la Academia Militar, la que por cierto, era un  pálido reflejo del primer establecimiento militar fundado en 1817; y luego de aprobar el curso, Arteaga fue destinado a la Inspección General del Ejército.

Más tarde, participó en la expedición contra el grupo de bandoleros liderados por los tristemente célebres hermanos Pincheira y en 1828 apoyó al gobierno del Presidente Francisco Antonio Pinto, en las diferentes asonadas militares, que fueron el preludio de la guerra civil que estallaría poco después. El 20 de septiembre de 1829 ascendió a Sargento Mayor Efectivo y fue destinado al Ejército del Sur, en donde se ganó la confianza del General Joaquín Prieto, siendo su mano derecha en la organización del ejército que este militar levantó en armas, en contra del gobierno y de la impracticable Constitución de 1828. El 14 de diciembre de 1829 luchó en el combate de Ochagavía, en donde las tropas de Prieto fueron frenadas por las  fuerzas gobiernistas dirigidas por el General Francisco de la Lastra, y por su eficaz desempeño en la acción, ascendió a Teniente Coronel Graduado aquél mismo día.

Como Jefe del Detall del Ejército del Sur, especie de Jefe de Estado Mayor de la época,  luchó en la batalla de Lircay el 17 de abril de 1830 y por su destacada actuación en la campaña,  el mismo General Prieto recomienda al joven Comandante en carta al Ministro Diego Portales, fechada en Concepción el 20 de julio de 1830. De parte de ella, se extrae lo siguiente: "No olvide V. hacer extender el Despacho de Teniente Coronel efectivo en favor del graduado D. Justo Arteaga; es muy meritorio este joven; nos ha servido mucho en toda la campaña y con el mayor entusiasmo  y provecho desempeñando el cargo de Jefe del Detall por falta de Mayor General, y sería hacerle un desaire a que no es acreedor por ningún título, más cuando es mayor de igual antigüedad con Anguita y nos ha servido aún mejor que éste y muchos otros de los que se han premiado últimamente". En premios de sus servicios, el 15 de agosto de ese año ascendió a Teniente Coronel Efectivo y fue nombrado Comandante General de Artillería en el Ejército del Sur.

Se estableció en sus funciones, en la ciudad de Chillán primero, y luego en Concepción, siendo esta última ciudad, testigo de su matrimonio con la señorita Trinidad Alemparte Vial, hermana del Intendente de Concepción y gran amigo de Arteaga, don José Antonio Alemparte Vial. Cuatro años después, el enlace matrimonial tuvo su primer hijo: Justo, nacido en Concepción el 8 de octubre de 1834. Luego le siguieron Domingo, nacido el 9 de noviembre de 1835; y Benjamín. Los tres se dedicarían años más tarde al periodismo, teniendo los dos primeros, un lugar destacado en las letras nacionales y en los círculos políticos de la época.

Desde 1831 a 1838, participó activamente en las diversas campañas emprendidas para defender la frontera de los ataques indios, y paralelamente a estas funciones, le correspondió en varias ocasiones, reconocer e inspeccionar las obras de defensa de la frontera, proponiendo incluso la instalación de un sistema de fuertes como medida de protección.

Con motivo del estallido de la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, el 9 de enero de 1838 fue ascendido a Coronel Graduado y fue nombrado Comandante y organizador del Batallón "Chillán". Esta unidad fue destinada a la plaza de Quillota, con la misión de apoyar a la guarnición de Valparaíso, en caso de un posible ataque enemigo. Por este motivo, Arteaga no participó en la campaña del Perú y luego de la batalla de Yungay, el "Chillán" fue destinado al Ejército del Sur.

En 1841 ascendió a Coronel Efectivo y fue nombrado Intendente interino de Concepción por algunos meses, para luego ser nombrado Comandante General de la Artillería de Santiago. Ese año viajó a Francia y perfeccionó sus conocimientos en el ramo de Artillería en la Escuela Militar de Saint Cyr, en ese entonces, una de las mejores del mundo. Fruto de estos estudios, y consciente de la imperiosa necesidad de actualizar los conocimientos militares de su arma, en Chile, tradujo al español obras como "Curso especial de Artillería"; "Guía del Instructor militar"; "Guía tratado sobre el ejercicio de Artillería en campaña y de montaña, con observaciones de maniobras y manejo de fusil a fulminantes"; y escribió un pequeño tratado sobre el manejo del fusil fulminante y otro sobre el uso necesario de armas.  En 1843 regresó a Chile, convertido ya en todo un experto artillero, y se le encomendó la inspección de la plaza de Valparaíso, con el objetivo de analizar las fortificaciones de este puerto y plantear posibles mejoras. 

No pasó mucho tiempo, sin que el carácter inquieto de Arteaga, vislumbrará ampliar su campo de acción hacia la política. Conocido por su ilustración y fácil desenvolvimiento en debates políticos, no fue extraño que fuera elegido Diputado por San Carlos de 1843 a 1846, siendo reelegido en los períodos de 1846 a 1849 y de 1849 a 1852. Sus labores de congresista, en ningún modo impidió el seguir desarrollándose como militar, y en 1850 el gobierno le comisionó para inspeccionar la Brigada Cívica de Artillería de Coquimbo, así como el reconocimiento de dicho puerto, sobre cuyos medios de defensa, informó al Ministerio de Guerra y Marina, acompañando para este efecto, los planos y presupuestos correspondientes.

Pero la brillante carrera política y militar de Arteaga, se vio truncada por sus ideas liberales. Aunque se había mantenido alejado del estado de efervescencia que vivía el país, en los últimos meses del gobierno de Manuel Bulnes, su espíritu nervioso lo hizo involucrarse en los acontecimientos del 20 de abril de 1851. Aquél día, el Coronel en retiro, Pedro Urriola secundado por la Sociedad de la Igualdad, sublevó al Batallón "Valdivia", con el objetivo de derribar al gobierno e impedir la candidatura presidencial de Manuel Montt. Como el plan revolucionario de apoderarse del cuartel de Artillería, defendido tenazmente por el Coronel Marcos Maturana había fracasado, los revolucionarios separaron del mando a Urriola, y viendo al Coronel Arteaga, presenciando el desenvolvimiento de los hechos, al igual que cientos de personas como un particular más, le ofrecieron la dirección de la asonada. 

Aun resulta una incógnita el porqué Arteaga aceptó el mando de una causa a toda vista perdida. El historiador Encina, especula que tal vez fue por una antigua rivalidad con el Coronel Urriola, de la que por cierto no se ha encontrado ningún antecedente aparte del que proporciona el mismo Encina. Más coherente, parece ser la versión de Daniel Riquelme, el cual  señala un posible resentimiento de Arteaga por el hecho de que Urriola lo hubiese mantenido en reserva del motín, pese a ser correligionarios y haber conversado la noche anterior, en la casa del primero. Lo cierto es que, Arteaga, con una entereza de alma, que le hace honor, hizo hasta lo imposible por cambiar el curso de los acontecimientos.  Riquelme, en su ameno relato, titulado "La revolución del 20 de abril de 1851", relata lo siguiente: "Arteaga, con su prudencia, dejó allí su capa, se avanzó a la división y en una arenga de verdadero tribuno, que se oía  a lo lejos, animó a los soldados a marchar de frente sobre el puñado que defendía la artillería. Tengo muy presente la figura del Coronel Arteaga en ese momento: vestía frac azul con botones amarillos y pantalón oscuro. De la gorra no recuerdo: unos dicen que llevaba quepis galoneado; y otros afirman que ahí mismo le pasaron el de un policial; pero me parece difícil que andando por las calles en una hora de revuelta, no llevara un distintivo que lo diera  a conocer de los soldados".

Como el nuevo ataque al cuartel de Artillería fracasó estrepitosamente y el gobierno organizó en pocas horas la resistencia, la asonada fracasó, y Arteaga viéndose perdido, montó al anca del caballo de un policía, que generosamente lo llevó a galope a la Embajada de los Estados Unidos, en donde solicitó asilo. Las consecuencias no se hicieron esperar, siendo dado de baja del ejército y condenado en su ausencia a la pena de muerte, la que le fue conmutada por el destierro. Ayudado por el Embajador norteamericano, logró embarcarse hacia el norte, refugiándose  en Cobija, en ese entonces puerto boliviano Bolivia. 

No pasó mucho tiempo en inactividad, pues al estallar la guerra civil de ese año, se dirigió a la Serena, en donde en compañía de Benjamín Vicuña Mackenna y otros igualitarios, encendió la guerra civil en las provincias nortinas.

Una vez ganada La Serena a la causa revolucionaria, el joven igualitario José Miguel Carrera Fontecilla, hijo del prócer del mismo nombre, decidió marchar hacia San Felipe, reunirse con los revolucionarios de esa localidad y así presionar al gobierno. Arteaga trató de hacer entrar en razón al joven caudillo, pero viendo frustrados sus intentos, lo acompañó para asesorarlo en el punto de vista militar, y evitar un desastre. La división revolucionaria contaba con 600 hombres de menos que mediano valer militar.

El 14 de octubre de 1851, se encontraron en los campos de Petorca con una división gobiernista de 942 hombres, al mando del Coronel Juan Vidaurre Leal. Los revolucionarios, quienes en campaña eran realmente dirigidos por el Coronel Arteaga, fueron totalmente derrotados, teniendo 30 muertos, 42 heridos y 343 prisioneros. Mientras tanto una columna de cívicos y militares fieles al gobierno, organizada en Copiapó, derrotó desde el norte a los revolucionarios, obligándolos a refugiarse en La Serena.

Arteaga aconsejó a concentrar todas las fuerzas revolucionarias de la provincia en La Serena, y a partir del 21 de octubre se organizó la defensa de esta ciudad, por parte de los revolucionarios, quienes proclamaron por Gobernador Militar (Comandante General de Armas) al mismo Arteaga. El 29 de octubre, llegaban a las afueras de la ciudad, las tropas gobiernistas e iniciaban oficialmente el sitio. El historiador Encina, en su estilo tan particular, refiere lo siguiente sobre el desempeño de Arteaga en el Sitio de La Serena: "Inteligente e ilustrado, Arteaga carecía de golpe de vista militar. Una especie de obsesión lo empujaba  a encerrarse en el primer pueblo que encontraba a mano, sin reparar en las consecuencias estratégicas del paso. Más   una vez encerrado, desplegaba gran actividad y conocimientos poco comunes hacia esa época en la fortificación y defensa de una plaza. 48 horas le bastaron para convertir a La Serena en una plaza de guerra inexpugnable, salvo para una artillería capaz de demolerla materialmente".

El representante del gobierno, el Coronel de origen español Victorino Garrido, se entrevistó con Arteaga en los suburbios de La Serena el día 2 de noviembre, con el objetivo de evitar el choque, pero no pudo lograr la rendición de la plaza. La defensa de la plaza dirigida por el Coronel Arteaga fue soberbia, y los serenenses, cumplieron con creces las expectativas revolucionarias, en un asedio, que por su naturaleza, fue caracterizado por asaltos, salidas, bombardeos e incendios.

El gobierno y  hasta el mismo Arteaga, sabían perfectamente que la revolución se decidiría en el sur. Vidaurre Leal sostenía el sitio sólo para esperar el desenlace de la revolución y Arteaga no estaba muy alejado del mismo propósito. Finalmente el día 24 de diciembre, llegaba a La Serena la noticia del triunfo de Bulnes en Loncomilla y la derrota definitiva de la revolución del sur. Esta noticia mermó enormemente el ánimo de los revolucionarios y Arteaga sometió a la decisión del pueblo serenense, el fin o la continuación de la defensa.

Garrido tratando de solucionar el conflicto, escribió a Arteaga pidiéndole el fin de la lucha y ofreciéndole su protección incondicional. Hay que hacer mención, que Garrido, Vidaurre Leal y Arteaga se conocían desde la guerra civil de 1830, sirviendo los tres, en estrecha colaboración en la instauración del régimen portaliano, por tanto las demostraciones de amistad por parte de Garrido y Vidaurre eran francas y verdaderas. Cuando al fin parecía surgir un acuerdo, llegó la falsa noticia de que los revolucionarios habían sido en realidad, los vencedores de Loncomilla.

El pueblo de La Serena, entusiasmado con estas noticias, no trepidó por un instante en diputar de infame la impostura de Garrido y echaron las campanas al vuelo para celebrar su inminente triunfo. Pero Arteaga, no se dejó engañar, así es que el día 27 de diciembre se entrevistó con Vidaurre Leal, para rendir su espada ante el Representante del Gobierno. Garrido y Vidaurre, concientes de los peligros que podía acarrear a Arteaga un proceso que lo llevaría al cadalso, le permitieron una salida honrosa de la difícil situación en que se encontraba. Arteaga al día siguiente renunció al mando militar de la ciudad, y protegido por Vidaurre y Garrido, ganó la playa, en donde le esperaba una nave francesa que lo llevaría al Perú.

Se radicó en la ciudad de Arequipa junto a su hijo Domingo y se dedicaron al comercio. Padre e hijo, regresaron  a Chile en 1857 gracias a una amnistía y al finalizar el gobierno de don Manuel Montt en 1861, se reincorporó al ejército, siendo nombrado nuevamente Comandante General de Artillería del Ejército del Sur. En 1862 ascendió a General de Brigada y el 26 de octubre de 1864 le fue encargada la redacción de un proyecto de Código Militar.

El 26 de septiembre de 1865 fue nombrado Comandante General de Ingenieros Militares y al mando de una pequeña división, concurrió a la defensa de Valparaíso, en el bombardeo a este puerto por parte de la escuadra española el 31 de marzo de 1866, durante la quijotesca guerra contra España.  Meses más tarde, realizó el reconocimiento del puerto de Pichidanqui, e informó sobre sus condiciones para hacerlo servir como puerto militar. En la dirección de los Ingenieros Militares permaneció hasta el 6 de noviembre de 1867, siendo unas de sus labores más importantes, los adelantos en las fortificaciones de Valparaíso luego del mencionado bombardeo.

El 11 de abril de 1874 ascendió a General de División y en 1875 escribió "Táctica de Artillería", en la cual demuestra su competencia en esta especialidad y los conocimientos adquiridos tanto en          Europa como en sus propias comisiones militares.

En vista a estos antecedentes, es que al estallar la guerra del Pacífico, su nombre surgiera espontáneamente para el Comando en Jefe del ejército chileno. Es por ello, que el 8 de abril de 1879, en un escueto decreto firmado por el Presidente Aníbal Pinto y por el Ministro de Guerra Cornelio Saavedra,  fue nombrado General en Jefe del ejército chileno. En aquél entonces contaba con 74 años y era prácticamente considerada una reliquia de las antiguas glorias militares. A su vasta ilustración como caballero y como militar, se agregaba un temple de alma poco común para afrontar las adversidades.

Inmediatamente se trasladó al norte y en Antofagasta organizó el adiestramiento de los cuerpos que actuarían y lucharían en la guerra del desierto. Gonzalo Bulnes, en la mejor obra que se ha escrito sobre el conflicto, señalaba: "Nadie le negaba serenidad en el peligro, dignidad en la vida, competencia en su profesión de artillero, a lo que agregaba que era un buen instructor. Se le consideraba uno de los oficiales más instruidos de su época... A pesar de sus años se consagró con esfuerzo de todo elogio a instruir reclutas que se le enviaban del sur y en pocos meses los transformó en soldados que no le tenían nada que envidiar a los mejores ejércitos. Enseñó a los cuerpos la táctica de guerrilla que recién se había estrenado en la guerra Franco-Prusiana de 1870. Era Arteaga un hombre de pequeña estatura, cuidadoso en su persona, irreprochable en el vestido, suave de maneras, algo adamado. Tenía el corte de un gentilhombre francés". Si a esta reseña, le agregamos el juicio de Encina, tenemos un cuadro completo de la personalidad del General en Jefe: "Con muchos defectos como estratego, tenía una clara inteligencia y una rara ilustración; pero era desconfiado, quisquilloso y de carácter difícil, pero era el único General que podía hacer un plan de operaciones ya sea bueno o malo".

El día 28 de abril, Arteaga desembarcaba en Antofagasta y asumía oficialmente el alto cargo que le había confiado el gobierno. Como Secretarios llevó al norte al periodista Pedro Nolasco Donoso y a su hijo menor, Benjamín, quienes le sirvieron fielmente. Otro importante apoyo, fue el de sus hijos Justo y Domingo, quienes mediante la prensa, en especial del diario "Los Tiempos", ensalzaban el nombre de su padre y acallaban las críticas de su comando. En estas labores pasaron los meses,, hasta que poco a poco este ejército improvisado a las puertas del campo de batalla, y sin más elementos que el patriotismo, fue adquiriendo la disciplina necesaria para enfrentar al enemigo.

Lamentablemente, la conducción militar de Arteaga no se probaría los campos de batalla, pues renunció indeclinablemente al cargo el l8 de julio de 1879. Las causas de su renuncia fueron las continuas intromisiones de las personalidades civiles del gobierno, en asuntos que él consideraba estrictamente militares. Si a ello, le sumamos su carácter quisquilloso en lo que se refiere a la ordenanza, se explica los continuos roces que tuvo con el personal civil, en especial en las Juntas de Guerra, que él denominaba "Juntas de Doctores", por la predominancia de civiles sobre militares. Pero la gota que rebalsó el vaso a juicio de Arteaga, fueron los nombramientos de Domingo Santa María para Delegado del Gobierno en Antofagasta y de Rafael Sotomayor como Comisario General para emprender la campaña de Tarapacá, que el Comandante en Jefe aun consideraba imposible de realizar, por la carencia de elementos logísticos. El 20 de julio, el viejo General se embarcaba en un vapor hacia el sur junto con sus ayudantes, para dedicarse a sus negocios particulares. El historiador Encina, ácido crítico de la mayoría de los militares que actuaron en la guerra del Pacífico, enjuicia la actuación  de Arteaga a la cabeza del ejército chileno de la siguiente manera: "Ni sus años ni sus condiciones de carácter permitían al general Arteaga ejecutar un plan de operaciones en la campaña de 1879. Pero en lo que estaba a su alcance realizó una labor que no le ha sido generalmente reconocida  que lo coloca muy por encima de su sucesor. Durante su comando, el general Villagrán dio al ejército la instrucción y la disciplina que permitieron a Escala y Baquedano realizar las brillantes campañas de Tarapacá, Tacna y Lima".

Debido a sus largos servicios, se le mantuvo en servicio activo, pero no volvió a figurar en eventos políticos ni militares, a excepción de la bienvenida que se le tributó en Santiago al General Manuel Baquedano y a parte del ejército vencedor de Lima el 14 de marzo de 1881. Entristecido por las prematuras muertes de sus  hijos Domingo y Justo,  el General Justo Arteaga Cuevas, falleció en Santiago  el 9 de julio de 1882.

 

Bibliografía

Boletín de la Guerra del Pacífico.

Gonzalo Bulnes: Guerra del Pacífico.

Chile a Color, Tomo 2.

Diego Dublé Almeida: Memorias.

Francisco A. Encina: Historia de Chile

Manuel Espinoza: Biografía de Don Victorino Garrido.

Jaime Eyzaguirre: O"higgins.

Virgilio Figueroa: Diccionario Histórico, Biográfico y Bibliográfico de Chile, Tomo 2.

Pedro Pablo Figueroa: Diccionario Biográfico de Chile.

Daniel Riquelme: Obras Completas.

Arturo Sepúlveda: Así vivieron y así vencieron.

Sergio Vergara. Historia Social del Ejército de Chile, Tomo 2.

José Miguel Yrárrazabal: Cartas del General Don Joaquín Prieto dirigidas a Don Diego Portales durante los años 1830 y 1831.

José Zapiola: Recuerdos de 30 años.

Cortesía Manuel Espinoza

 

 

 

 

 

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